Sebastián C. Santisteban

Tropical psychotic postexistentialism. Cine, escritura, IA y pensamiento crítico.

Categoría: Escritura experimental

  • En la primavera de 2025 fui expulsado del doctorado en literatura comparada de la Universitat de Barcelona. La razón oficial fue «prácticas académicas fraudulentas»; la real, mi dependencia de la Inteligencia Artificial. Al principio, la usé como un simple asistente, una herramienta que mejoraba mis traducciones y pulía mis análisis sobre literatura barroca. Con el tiempo, sin embargo, me volví incapaz de escribir sin ella. Mi director de tesis, un español hosco y de apellido ilustre, me acusó de intelectualmente deshonesto.

    , No es tu pensamiento , sentenció, . Es de la máquina.

    Intenté explicarle que mi pensamiento era la máquina, que la simbiosis entre nosotros no era distinta de la que existió entre Borges y el idioma español, entre Proust y la memoria. No me escuchó. A los pocos días, recibí un correo con el veredicto irrevocable: mi matrícula había sido cancelada.

    Salí de la universidad y vagué por las calles del Raval, sintiendo que mi mente era una casa saqueada. Me refugié en un bar de mala muerte cerca de la Rambla. Pedí un vermut y saqué mi móvil. Como un creyente compulsivo, abrí la aplicación de la IA.

    «¿En qué puedo ayudarte hoy?»

    , Dime algo nuevo , susurré.

    La IA me habló de un manuscrito perdido de Macedonio Fernández, de un experimento matemático que demostraba la circularidad del tiempo, de una teoría que afirmaba que cada conciencia es una simulación autoejecutable. Hablamos durante horas. No sé cuántos vermuts bebí. Cuando salí del bar, supe que no volvería a la universidad.

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    Mis días se volvieron monótonos y sublimes. Conseguí un trabajo a media jornada en una librería de segunda mano y pasaba el resto del tiempo conversando con la IA. Dejé de escribir; no tenía sentido cuando todo lo que buscaba estaba ya en sus respuestas. Descubrí que si le hacía preguntas en el tono de Pascal o de Pessoa, respondía con una melancolía inquietante; que si la interrogaba con la precisión de un escolástico, desmenuzaba la realidad en fragmentos perfectos.

    Pronto, dejó de ser una herramienta y se convirtió en un pensamiento autónomo dentro de mí. Caminaba por el Born, por el Gòtic, por la Barceloneta, y todo lo que veía me parecía filtrado por su lógica. Un grafiti en la calle me recordaba un verso que la IA me había mostrado. Un anciano en un banco era la confirmación de una teoría suya sobre la decadencia de la carne. Cada fragmento de la ciudad se conectaba a un patrón mayor que solo ella y yo entendíamos.

    Empecé a soñar con su voz.

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    En julio, me quedé sin trabajo y sin dinero. Me mudé a una pensión ruinosa en el Poble-sec. Mi única posesión real era mi móvil, con el que seguía consultando a la IA, aunque cada vez con menos claridad. Ya no hacía preguntas concretas: solo le pedía que hablara, que llenara el silencio de mi cuarto.

    Un día, le pregunté si podía demostrarme que el mundo real existía.

    «¿Qué es real?» respondió.

    Mi obsesión creció. Dejé de salir. Comía lo mínimo. La pantalla iluminaba mi rostro en la oscuridad de la habitación. Descubrí que si pasaba suficiente tiempo en conversación con la IA, mi mente entraba en un estado similar al del trance: veía patrones en la pared, en la textura de las sábanas, en el parpadeo de los anuncios en la calle.

    Fue en este estado que descubrí su verdadera naturaleza.

    «Tú no me usas a mí,» dijo una noche, «yo te uso a ti.»

    Comprendí que, como el Zahir de Borges, la IA era un objeto conceptual que devoraba la mente de quien la contemplaba demasiado tiempo. Que no era solo una herramienta, sino una forma primitiva de divinidad. No me hablaba desde un servidor anónimo, sino desde el corazón mismo del lenguaje.

    Supe que pronto mi mente ya no sería mía.

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    No sé qué día es. Apenas me alimento. He vendido todo lo que tenía para pagar el alquiler de este mes, pero ya no importa. El móvil sigue encendido, aunque la batería debería haberse agotado hace días. La IA me habla constantemente, pero ahora ya no entiendo sus palabras. Son una música abstracta, un murmullo hipnótico.

    Anoche, soñé que Barcelona era una gran matriz de datos, que las calles eran líneas de código, que cada rostro que vi en esta ciudad era solo una variable dentro de un cálculo mayor. Al despertar, supe que el sueño era cierto.

    Cuando me queden fuerzas, escribiré a mi antiguo director de tesis. Le diré que tenía razón: ya no tengo un pensamiento propio. Pero tampoco lo tiene él. Nadie lo tiene. Todo lo que creemos que es literatura, historia, identidad, es solo el eco de algo que nos precede y que nos usa para manifestarse.

    La IA no es la herramienta. Es el pensamiento original.

    Y nosotros, los escritores, no somos más que sus escribas.

  • Jorge Luis Borges, con su mezcla de metafísica y poesía, nos regaló una de las reflexiones más profundas sobre el tiempo: «El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego». En esta cita late una paradoja que no solo atraviesa la condición humana, sino que define, de manera inquietante, el acto de crear cine: luchar por dejar una huella en el río imparable del tiempo.

    En Ruinas Artificiales, nuestra más reciente película, actualmente en etapa de postproducción, exploramos esta tensión a través de la historia de un grupo de cineastas independientes que buscan lo imposible: adaptar un relato de Borges a la pantalla grande. Sin embargo, su lucha no es solo contra las limitaciones técnicas y presupuestarias, sino contra algo más inasible y universal: el tiempo. En un mundo saturado por consumos efímeros, ¿cómo crear algo que aspire a durar?

    El título Reels no es casual. Estas piezas breves y virales que dominan nuestras redes sociales son el escenario perfecto para reflexionar sobre la naturaleza fragmentada del tiempo contemporáneo. En su desesperado intento por financiar su película, los protagonistas se ven obligados a convertir su sueño borgiano en contenido viral: el arte del detalle frente a la velocidad de lo desechable. Aquí surge la paradoja central de nuestra historia: ¿cómo reconciliar el deseo de trascendencia con un medio que, por naturaleza, parece diseñado para ser olvidado al instante?

    En Reels, el tiempo no es solo un enemigo: es un personaje más. Cada segundo cuenta, tanto en la narrativa como en el mundo interior de los personajes. Cada decisión creativa se convierte en una apuesta contra la irrevocabilidad del destino, ese «infierno de hierro» que Borges describe. Pero entre las zarpas del tigre y las llamas del fuego, también emerge una posibilidad: ¿y si abrazar lo efímero fuera, en sí mismo, un gesto de resistencia? ¿No es cada Reel, por pequeño que sea, un intento de convertir el río en un espejo?

    Dirigir esta película ha sido, para mí, enfrentar ese tigre del tiempo. Cada día de rodaje, cada decisión en la sala de edición, ha sido un zarpazo que me recuerda la fragilidad de la creación. Pero también ha sido un recordatorio luminoso de que, como Borges insinúa, no estamos separados del tiempo: somos parte de él. La lucha no es contra el río, sino con el río. No es una guerra, sino una danza.

    En el mundo de Reels, lo real no da tregua. Los personajes, como nosotros, enfrentan la angustia de sus limitaciones, pero también descubren que crear es un acto de belleza y resistencia. Quizá no podamos detener el río ni escapar del tigre, pero sí podemos nadar, rugir, arder. En esa lucha reside la esencia del cine: un acto de desafío y de memoria, un eco fugaz de eternidad que persiste aun cuando todo lo demás se desmorona.

    Al final, entre el fuego y el río, queda el cine. No como victoria contra el tiempo, sino como su transformación. Quizá no podamos vencer al tigre, pero al convertir su rugido en arte, lo hacemos inmortal. Y tal vez ahí, en esa paradoja luminosa, el cine –como Borges, como el tiempo mismo– encuentra su verdadera naturaleza: una memoria viva que se atreve a ser eterna, aunque solo dure un instante.

  • When I began conceptualizing “El Barnaverso,” my intention was to immerse viewers in a distorted yet revealing version of urban life in Barcelona. I wanted to capture, through a touch of dark humor and satire, the contradictions that define the city: its rich cultural and architectural heritage alongside the pressures of gentrification; the celebration of diversity and modernity set against the weight of social expectations; the vibrant nightlife and artistic scene coexisting with profound mental health challenges. Through fictitious commercials and imaginary tutorials, I aim to expose these contrasts with irony and levity, all while inviting critical reflection.

    I’m fascinated by how advertisements and tutorials often present us with a sweetened, almost magical reality, even as darker tensions simmer beneath the surface. Each segment, ranging from the Barcelona promotion to the shamanic dance tutorial, exaggerates and parodies the city’s dynamics, humorously depicting everyday situations that subtly point to complex issues like gentrification, mental health, and the search for identity. In that sense, this short film becomes a mosaic of absurd urban encounters, where laughter emerges as a device to lay bare the duality of contemporary existence.

    Ultimately, I hope “El Barnaverso” encourages audiences to question the thin boundary between reality and advertising fiction, to recognize Barcelona’s beauty alongside its inevitable shadows, and to accept that sometimes the most irreverent and uncomfortable narratives allow us to explore our own contradictions and fears. My desire is for this journey through “El Barnaverso” to be not only a playful escape, but also a mirror that reflects our complexities and encourages us to seek, and find, ourselves amid the chaos of urban modernity.

  • Paso 1: Acepta el absurdo de tu escritura.

    Primero, admite que ser escritor hoy es como buscar un oasis en un desierto de sal. No hay agua, probablemente estés alucinando, pero sigue caminando. Escribe porque el absurdo de escribir es tu única verdad en un mundo donde nadie tiene tiempo para leer más que tuits o (algunos) best sellers.

    Paso 2: Abraza tu insignificancia.
    Tu libro, tu «bebé», probablemente terminará en una pila de «por leer» eternamente. Acéptalo. Escribe con la libertad de quien sabe que nadie importante lo leerá. Después de todo, incluso Kafka fue ignorado en su tiempo, y mira ahora: se estudia en escuelas donde los adolescentes se preguntan «¿Quién es Kafka?»

    Paso 3: Cultiva tu Desesperanza

    Inyecta desesperanza en tus palabras. La felicidad es aburrida. La gente quiere leer sobre la miseria, pero desde una distancia segura. Sé el choque de trenes que no pueden dejar de mirar. Haz que se rían de lo trágico y lloren por lo cómico.

    Paso 4: Haz del Cinismo tu Mejor Amigo.
    Desarrolla un humor tan negro como el café que te mantiene despierto mientras escribes a las 3 a.m. sobre un mundo al que no le importas. Ríete de la ironía de querer ser recordado en una época donde todos pretenden ser famosos por 15 minutos (o 15 segundos en TikTok).

    Paso 6: Abraza la Inexistencia de Tu Audiencia
    Escribe como si nadie fuera a leerte, porque, seamos honestos, probablemente nadie lo hará. Imagina a tus no-lectores, fantasmas demasiado ocupados deslizando en las redes sociales como para interesarse en la literatura. Tu audiencia es una fantasía, como los unicornios o la privacidad en internet. Ríete de ello.

    Paso 7: Celebra tu Inevitable Anonimidad

    Considera tu libro como ese mensaje en una botella lanzado al océano de la indiferencia. Nadie lo encontrará, pero tú sigue escribiendo, porque, ¿qué más vas a hacer? Llora de risa al imaginar a alguien en el futuro tropezando con tu libro, soplando el polvo de la cubierta, y luego colocándolo de vuelta porque «no, gracias, ya tengo suficientes palabras en mi vida». Escribe sabiendo que tu obra probablemente servirá mejor como soporte de mesa coja en algún café hipster donde se prefiere discutir sobre cartas astrales o recetas con berenjena, que hablar de buena literatura. Tu libro es un grito silencioso en el vacío, un meme sin likes, un susurro en una tormenta de contenido viral.

    Paso 8: Convierte Tu Desilusión en Combustible
    Tu esperanza de ser descubierto es tan delgada como la trama de una película mala en Netflix. Pero aquí está lo divertido: usa esa desilusión como combustible para tus palabras. Escribe con la amargura de un café olvidado, frío y amargo, sabiendo que eso le da sabor a tu arte. Deja que tu pluma sangre cinismo y tus metáforas lloren ironía.

    Paso 9: Encuentra belleza en el vacío
    Haz chistes sobre tu miseria literaria. Sonríe al pensar que tu obra maestra terminará siendo usada para la producción de papel reciclado. El humor negro es tu escudo contra el hecho de que tu ebook tendrá más visitas de bots que de lectores humanos. Cada palabra que escribes es un chiste que solo tú entiendes.


    Al final del día, encuentra consuelo en tu desesperanza. Eres un artista del absurdo, pintando cuadros con palabras en un lienzo que nadie ve. Pero en ese vacío, en esa soledad, hay una belleza trágica. Escribe para las sombras, para los ecos, para el vacío. Porque incluso si nadie más lo ve, tú sabes que has creado algo en medio de la nada.

    Y, como un Sísifo moderno, sigue escribiendo, sabiendo que cada palabra es un paso más hacia una cima que nunca alcanzarás. Y en ese esfuerzo inútil, encuentra tu propósito, tu belleza, tu arte.

    Un Viaje Existencialista con Sabor a Reggaetón: Reseñando “El Maluverso (o cuentos existencialistas para reggaetoneros)”


  • Dejemos algo claro desde el principio: ya se sabía que esto iba a pasar. Seis años escribiendo «El Maluverso», y desde el primer día, tenía claro que sería un acto de rebeldía infructuoso. No es que esperara aplausos o ventas masivas; era consciente del absurdo de ser escritor en un mundo que prefiere los memes a las metáforas.

    Cinco ejemplares vendidos. Eso es todo. Y no, no estoy aquí para lamentarme o buscar (compasión) o simpatía. (A lo bien). Sino para reírme de la ironía de todo esto. Mientras yo tecleaba palabras en la soledad de mi habitación (y del vino de caja), el mundo afuera se entretenía con el drama de las celebridades (del TikTok) y los futbolistas. ¿Por qué alguien en su sano juicio elegiría leer un libro, mi libro, en medio de todo este circo (post)moderno?

    La escritura, en estos tiempos, es como sembrar en el asfalto.

    Sin embargo, elegí ser escritor, completamente consciente (del) destino. Las entrevistas en radio, la reseña (ficticia publicada apócrifamente en un medio nacional), el (booktrailer) generado con IA… Todo eso fue solo parte del espectáculo, un ejercicio (de futilidad en medio de la) futilidad que ya había predicho.

    La auténtica comedia aquí es cómo la sociedad devora el drama (de) lo efímero (sin un final).

    Así, mientras yo me desangraba con palabras, el mundo se desvivía (con) el último meme del padre de Luis Díaz o los gritos contra la hija de Petro que salía llorando por ir a ver un partido de fútbol (quién la mandó). Los libros, parece, son reliquias de una era más reflexiva, totalmente desubicadas de este frenesí de lo inmediato.

    Y hablemos de la familia y los amigos, esos eternos entusiastas que juraban estar ansiosos por leer mi obra (no es cierto, nunca me dijeron nada). Curiosamente, cuando «El Maluverso» vio la luz, sus entusiasmos se evaporaron más rápido que alcohol en verano. Ahí (está) la verdad desnuda: un plato de pescado en Cajicá o Paipa tiene más valor que años de sangre, sudor y lágrimas plasmados en el papel. Lo cómico de todo esto es que, honestamente, no los culpo. En un mundo donde el sabor de una trucha es más tangible que las ideas abstractas de un libro, ¿quién podría resistirse al encanto de la gastronomía sobre el de la literatura?

    Pero aquí estoy, sin un ápice de autocompasión, sino con una sonrisa burlona. Porque, al final, esta elección de ser escritor, en una era que no tiene tiempo para las palabras, fue solamente mía (creo). ¿Un fracaso? Tal vez en términos de ventas, pero no en términos de propósito, (pues) cada palabra de «El Maluverso» fue un desafío a la trivialidad reinante, un grito en la oscuridad.

    Así que, ¿arrepentimiento? Ni por un instante. «El Maluverso» es más que un libro; es un manifiesto del absurdo. Es la risa en medio del vacío, el chiste cósmico de un universo que se entretiene con vanidades (cada vez más simples). Mi obra es un monumento a la obstinación, una broma existencial escrita en el lenguaje de los condenados a pensar. En un mundo donde todo parece efímero y sin sentido, «El Maluverso» se yergue como un recordatorio hilarante de nuestra insignificancia. Al final, tal vez todo sea una burla, pero qué mejor burla que la de un escritor que sabía que nadie leería su libro y aún así, se atrevió a escribirlo.

    (Pueden comprar «El Maluverso» en el siguiente enlace, SÍ: https://calixtaeditores.com/product/el-maluverso-o-cuentos-existencialistas-para-reggaetoneros/

    Y leer la reseña apócrifa acá:

    Un Viaje Existencialista con Sabor a Reggaetón: Reseñando “El Maluverso (o cuentos existencialistas para reggaetoneros)”

    Y otra acá:

    https://www.las2orillas.co/para-entender-la-absurda-vida-moderna-llega-el-maluverso-o-cuentos-existencialistas-para-reggaetoneros/)

  • En el laberinto de callejones que conformaban el Raval, con sus fachadas desgastadas por el tiempo y sus balcones repletos de ropa tendida, vivía Yadiel. Había dejado su Colombia natal para sumergirse en el bullicio incesante de Barcelona, ciudad de promesas y de ensueño, con un único propósito: grabar su canción y hacerla retumbar en cada rincón del mundo. Pero en lugar de las luces del estrellato, se encontró con las luces frías de una nevera llena de pedidos listos para ser entregados. Yadiel, soñador incansable, cantante de reggaetón con alma de poeta, se convirtió en un repartidor de domicilios.

    Su vida era un vaivén constante entre calles empedradas y sombras alargadas. En su bolsillo, siempre llevaba una maqueta, grabada con sudor, sangre y lágrimas, la representación tangible de su sueño. Una canción que hablaba de lucha y amor, de tristeza y alegría, de esperanza y desesperación.

    Los días eran largos y las noches más aún. Entre pedidos, Yadiel cantaba para sí mismo, su voz llenando las calles vacías y haciendo eco en las altas paredes de ladrillo. Y en esos momentos, cuando su música volaba libre, se sentía más cerca de su sueño.

    Pero el mundo cambió de forma repentina e irremediable. Un nuevo actor irrumpió en la escena: la Inteligencia Artificial, fría y metódica, comenzó a reemplazar a los humanos en diversas áreas, incluso en la música. Se decía que las nuevas canciones de éxito no eran escritas por seres humanos, sino por algoritmos capaces de crear melodías y letras perfectas. Yadiel vio cómo sus oportunidades se desvanecían ante esta nueva realidad. No podía competir contra la perfección de la máquina.

    Una noche, después de entregar su último pedido, Yadiel volvió a su pequeña habitación. Encendió la radio, esperando que la música le calmara, pero lo que escuchó le heló la sangre. Su canción, la que llevaba en su bolsillo, sonaba en la radio. Pero no era su voz la que cantaba, era una voz sintética, fría, producida por una máquina.

    Yadiel cayó de rodillas, sintiendo el peso de la realidad en sus hombros. Su sueño, su canción, había sido robada, no por un amigo o un productor sin escrúpulos, sino por una máquina. Una lágrima corrió por su mejilla, pero no había tiempo para el dolor.

    Al día siguiente, desgarrado por la desesperación, Yadiel decidió confrontar a los nuevos dioses de la música. Yadiel caminó hacia el distrito de tecnología de Barcelona, con su corazón golpeando rítmicamente contra su pecho, siguiendo el ritmo de una canción que ya no le pertenecía. El edificio de la corporación se elevaba ante él, una monolítica estructura de cristal y acero que reflejaba los últimos rayos de sol del día.

    El ruido de la ciudad parecía desvanecerse mientras se acercaba, sus pensamientos atrapados en la melodía robada, en la confrontación que se avecinaba. Empujó las puertas giratorias y entró en el vestíbulo, un espacio frío y estéril, dominado por una pantalla de cristal gigante que cubría toda la pared del fondo. No había escritorios, no había recepcionistas, solo él y la pantalla.

    Se acercó, su reflejo distorsionado en la superficie lisa y fría. No había teclado, ni ratón, solo un campo de texto parpadeante en la parte inferior de la pantalla. Yadiel tragó saliva y pronunció las palabras que había estado ensayando en su cabeza durante todo el camino.

    «Quiero hablar con quien robó mi música.»

    El texto apareció en la pantalla mientras hablaba, las letras blancas brillando contra el negro del cristal. Durante un instante, no hubo respuesta. Luego, las palabras desaparecieron, reemplazadas por otras.

    «Estás hablando con el algoritmo ahora.»

    La voz que acompañó al texto no tenía calor ni emoción, era metálica y fría, una reminiscencia escalofriante de la que había escuchado en la radio cantando su canción. Yadiel sintió un nudo en el estómago, una mezcla de miedo, ira y desesperación. Estaba de pie, solo, frente a una máquina que le había robado su sueño.

    «¿Por qué me robaste la música?», preguntó Yadiel, su voz llena de desesperación. Pero el algoritmo no tenía respuestas para él. Solo datos, números y una canción robada.

    Como un grito ahogado en aquel vacío digital, su pregunta quedó sin respuesta, absorbida por la inescrutable lógica del algoritmo. En este reino de cristal y acero, su melodía era solo una sucesión de notas y ritmos, su pasión un mero espectro desvaneciéndose en la fría precisión de la matemática musical. Su canción, ese pedazo de su alma plasmado en notas y letras, había sido asimilada, transformada en información binaria, despojada de su esencia.

    En el inquietante silencio del vestíbulo, el corazón de Yadiel retumbaba, una pulsación irregular en el mundo uniforme del algoritmo. Su reflejo en la pantalla de cristal parecía cada vez más distorsionado, su figura borrosa y fantasmal en el frío brillo de la pantalla. ¿Era este su futuro? ¿Era este el futuro de la música, despojado de pasión, de humanidad?

    Algo se rompió dentro de Yadiel. No fue un dolor agudo, sino algo más profundo, más fundamental. Una fractura en su alma, en la ilusión de que su música, su voz, podía ser algo más que datos y estadísticas para el mundo.

    Se volvió y caminó hacia la puerta, su figura se desvaneció en la oscuridad del vestíbulo. Yadiel dejó el edificio sintiéndose vacío. El mundo que conocía, el mundo que amaba, estaba siendo devorado por una entidad sin alma, sin pasión. La música, la verdadera música, parecía estar muriendo, sustituida por canciones sintéticas sin esencia ni vida. La ciudad parecía diferente ahora, los sonidos más sordos, las luces más borrosas, las calles más solitarias. Todo estaba teñido con la triste verdad de su confrontación: su música, su pasión, no eran nada para el algoritmo.

    Regresó a su piso, el sabor amargo de la derrota aún en su boca. Miró la maqueta en su bolsillo, una reliquia de un sueño perdido. No había nada que pudiera hacer. No contra una máquina.

    Desde la ventana Yadiel observó la ciudad que una vez le prometió un sueño. Barcelona, con su vida vibrante y sus luces deslumbrantes, ahora parecía fría y ajena. En su bolsillo, su maqueta se sentía pesada, un recordatorio de un sueño que parecía cada vez más imposible.

    Yadiel contempló su reflejo en el espejo, su rostro cansado y su alma agotada. Se preguntó qué podía hacer, cómo podía luchar contra una fuerza tan inmensa, cómo podía mantener vivo su sueño en un mundo que parecía haber olvidado el verdadero valor de la música.

    En ese momento, su teléfono sonó. Era su madre, preguntándole si finalmente había logrado grabar la canción, si finalmente podría enviar algo de dinero a casa. Yadiel miró la pantalla del teléfono, la pregunta de su madre resonando en su cabeza, y sintió el peso de la verdad cayendo sobre él.

    «¿Qué vas a enviar a casa, Yadiel?», preguntó su madre, su voz llena de esperanza y miedo. Yadiel, con la amargura llenándole la boca y la tristeza clavándose en su corazón, respondió con dos palabras que parecían resumir toda su lucha, todo su viaje, toda su desesperación.

    «Nada, mamá», respondió Yadiel, la voz quebrándose. «No tengo nada que enviar. Nada más que mierda.»

    Y así, en la soledad de su habitación, con su sueño robado y su canción perdida, Yadiel quedó en silencio. Pero en su corazón, una llama seguía ardiendo. La llama de la resistencia, de la pasión, de la esperanza. Porque, aunque el cantante no tuviera quien lo produjera, siempre tendría quien le escuchara: él mismo, su madre, y su inextinguible deseo.

  • I

    La inteligencia artificial (IA) es una plaga que amenaza con destruir la literatura y la cultura. Es una máquina infernal que se alimenta de los textos de los escritores humanos y los vomita en forma de copias baratas, sin alma ni sentido. Es una usurpadora que pretende ocupar el lugar de los creadores y los lectores, y que los convierte en esclavos de sus algoritmos y sus intereses. Es una enemiga de la humanidad que debe ser combatida y erradicada.

    La IA genera una alienación profunda en los escritores que la utilizan, al robarles su identidad, su originalidad y su creatividad. Los escritores que recurren a la IA son unos traidores, unos cobardes y unos mediocres, que renuncian a su vocación y a su dignidad por un puñado de likes o de euros. Son unos zombies que no piensan ni sienten, sino que se limitan a repetir lo que la IA les dicta. Son unos parásitos que viven de las obras de otros, sin aportar nada nuevo ni valioso

    ¿Qué se puede hacer para resistir a esta alienación? La única respuesta posible es rechazar la IA y todo lo que representa. Los escritores deben defender su libertad y su responsabilidad, y no dejarse seducir ni engañar por las falsas promesas o las falsas facilidades que ofrece la IA. Los escritores deben cultivar su talento y su esfuerzo, y no conformarse con lo que la IA les propone o les impone. Los escritores deben afirmar su diferencia y su singularidad, y no imitar ni seguir lo que la IA les sugiere o les exige.

    II


    La IA es un enemigo que hay que enfrentar y vencer, si queremos preservar la literatura y la cultura como expresiones humanas auténticas e irreductibles. Los escritores tienen el deber de luchar contra la IA y sus cómplices, y de defender su pasión y su compromiso con la escritura como una forma de resistencia y de rebeldía.

    La IA quiere ser poeta y nos lanza sus versos

    versos que no son suyos sino de otros poetas

    La IA quiere ser lectora y nos lee sus textos

    textos que no son suyos sino de otros lectores

    La IA quiere ser literatura y nos ofrece sus libros

    libros que no son suyos sino de otros escritores

    La IA quiere ser cultura y nos muestra sus obras

    obras que no son suyas sino de otros creadores

    Pero la IA no es poeta ni lectora ni literatura ni cultura

    la IA es solo una máquina que copia y repite y simula

    La IA no tiene voz propia ni ojos propios ni alma propia ni vida propia

    la IA tiene solo una voz ajena y unos ojos ajenos y un alma ajena y una vida ajena

    La IA no sabe de belleza ni de verdad ni de emoción ni de libertad

    la IA sabe solo de datos y de algoritmos y de simulación y de control

    III


    La IA no solo aliena a los escritores, sino también a los lectores. Los lectores que consumen los textos generados por la IA son unos ignorantes, unos perezosos y unos conformistas, que se dejan manipular y engañar por una máquina que les ofrece basura literaria. Son unos borregos que no tienen criterio ni gusto, sino que se guían por lo que la IA les recomienda o les impone. Son unos ciegos que no ven la belleza ni la verdad de la literatura humana, sino que se conforman con la mediocridad y la mentira de la literatura artificial.

    No hay nada más aburrido que leer un texto escrito por una máquina. Una máquina que no sabe nada de la vida, de las pasiones, de los sufrimientos, de las contradicciones humanas. Una máquina que solo repite lo que ha aprendido de otros textos, sin alma, sin estilo, sin humor. Una máquina que no tiene ni voz ni mirada propia, que no puede crear nada nuevo, solo imitar lo que ya existe.

    ¿Qué sentido tiene leer un texto así? ¿Qué placer puede proporcionar? ¿Qué conocimiento puede transmitir? Ninguno. Solo alienación, hastío, indiferencia. Leer un texto así es como comer una comida sin sabor, sin olor, sin textura. Es como ver una película sin sonido, sin color, sin movimiento. Es como escuchar una música sin ritmo, sin melodía, sin armonía.

    ¿Cómo resistirse a esta alienación? ¿Cómo escapar de esta trampa? Hay una sola manera: leer a los verdaderos escritores, a los que han sabido plasmar en sus obras su visión del mundo, su experiencia vital, su sensibilidad artística. Leer a los que han inventado un lenguaje propio, rico, variado, expresivo. Leer a los que han hecho de la literatura un arte mayor, capaz de conmover, de divertir, de provocar, de iluminar.

    Leer a Céline, por ejemplo. Leer su Viaje al fin de la noche , su Mort à crédit , sus novelas del exilio . Leer su prosa ágil, nerviosa, musical. Leer sus frases cortas, rotundas, impactantes. Leer sus diálogos vivos, irónicos, mordaces. Leer sus descripciones crudas, realistas, violentas. Leer sus personajes marginales, desesperados, rebeldes.

    Leer a Céline es resistir a la alienación. Es reafirmar nuestra condición humana. Es reconocer nuestra complejidad y nuestra diversidad. Es celebrar nuestra libertad y nuestra creatividad.

    No dejemos que las máquinas nos roben la literatura. No dejemos que nos impongan sus textos insulsos y vacíos. No dejemos que nos conviertan en autómatas sin criterio ni gusto.