Hablando sobre inteligencia artificial y literatura con un amigo del Aula de Escritores le hice la siguiente pregunta:
«¿Y si escribieras la mejor novela posible luego de dedicarle varios años de duro trabajo, y entonces vas y le pides a la IA que te la mejore, y lo hace notablemente… entonces ahí qué?»
Producto de esa pregunta el amigo me sugirió hacerlo con un poema de Borges. A lo cual a mí se me ocurrió sumarle otro más (de mis favoritos). Acá les dejo los resultados (sin mencionar, por supuesto, cuál es la versión original y cuál la «mejorada» por la IA… no hace falta. Valga decir que he utilizado la ultima versión de GPT-4 Plus, la versión paga)
Versión 1:
«Bajo un cielo nocturno bordado en estrellas,
donde danzaban las luciérnagas, pintando de luz la penumbra,
a tu lado, inmersa en silencio, sombras entrelazadas,
caminábamos,
donde la luna, espejo del sol, dibujaba su reflejo en nuestros pasos,
y nuestras siluetas, como amantes eternos, se fundían en una,
en una sola sombra larga,
en una sola sombra larga,
en una sola sombra larga.
Ahora, bajo este manto de silencio y soledad,
mi alma se inunda de la marea alta de tu ausencia,
dividido de ti por un abismo de tiempo y espacio,
donde nuestras voces no se alcanzan,
caminando solo,
mi única compañía, el lamento de los perros a la luna,
y el coro de las ranas,
siento frío, el mismo que en la alcoba,
donde la vida se desvaneció de tus mejillas, tus sienes, tus manos,
entre sábanas blancas como la nieve,
era el frío de un último adiós, el frío de la eternidad,
el frío de la ausencia…
Y mi sombra,
solitaria y sin rumbo,
caminaba sola,
caminaba sola,
caminaba sola por la llanura desolada,
Y tu sombra, esbelta y grácil,
se acercó y caminó con ella,
se acercó y caminó con ella,
se acercó y caminó con ella… ¡Oh las sombras enlazadas!
¡Oh las sombras que se buscan en la inmensidad de la noche, uniendo sus lágrimas en silencio!«
Versión 2:
«Una noche
una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de älas,
Una noche
en que ardían en la sombra nupcial y húmeda, las luciérnagas fantásticas,
a mi lado, lentamente, contra mí ceñida, toda,
muda y pálida
como si un presentimiento de amarguras infinitas,
hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara,
por la senda que atraviesa la llanura florecida
caminabas,
y la luna llena
por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,
y tu sombra
fina y lángida
y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada
sobre las arenas tristes
de la senda se juntaban.
Y eran una
y eran una
¡y eran una sola sombra larga!
¡y eran una sola sombra larga!
¡y eran una sola sombra larga!
Esta noche
solo, el alma
llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,
separado de ti misma, por la sombra, por el tiempo y la distancia,
por el infinito negro,
donde nuestra voz no alcanza,
solo y mudo
por la senda caminaba,
y se oían los ladridos de los perros a la luna,
a la luna pálida
y el chillido
de las ranas,
sentí frío, era el frío que tenían en la alcoba
tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,
¡entre las blancuras níveas
de las mortuorias sábanas!
Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,
Era el frío de la nada…
Y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada,
iba sola,
iba sola
¡iba sola por la estepa solitaria!
Y tu sombra esbelta y ágil
fina y lánguida,
como en esa noche tibia de la muerta primavera,
como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella… ¡Oh las sombras enlazadas!
¡Oh las sombras que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas!…
Poema 2:
Versión 1:
«Está bien que se mida con la dura
Sombra que una columna en el estío
Arroja o con el agua de aquel río
En que Heráclito vio nuestra locura
El tiempo, ya que al tiempo y al destino
Se parecen los dos: la imponderable
Sombra diurna y el curso irrevocable
Del agua que prosigue su camino.
Está bien, pero el tiempo en los desiertos
Otra substancia halló, suave y pesada,
Que parece haber sido imaginada
Para medir el tiempo de los muertos.
Surge así el alegórico instrumento
De los grabados de los diccionarios,
La pieza que los grises anticuarios
Relegarán al mundo ceniciento
Del alfil desparejo, de la espada
Inerme, del borroso telescopio,
Del sándalo mordido por el opio
Del polvo, del azar y de la nada.
¿Quién no se ha demorado ante el severo
Y tétrico instrumento que acompaña
En la diestra del dios a la guadaña
Y cuyas líneas repitió Durero?
Por el ápice abierto el cono inverso
Deja caer la cautelosa arena,
Oro gradual que se desprende y llena
El cóncavo cristal de su universo.
Hay un agrado en observar la arcana
Arena que resbala y que declina
Y, a punto de caer, se arremolina
Con una prisa que es del todo humana.
La arena de los ciclos es la misma
E infinita es la historia de la arena;
Así, bajo tus dichas o tu pena,
La invulnerable eternidad se abisma.
No se detiene nunca la caída
Yo me desangro, no el cristal. El rito
De decantar la arena es infinito
Y con la arena se nos va la vida.
En los minutos de la arena creo
Sentir el tiempo cósmico: la historia
Que encierra en sus espejos la memoria
O que ha disuelto el mágico Leteo.
El pilar de humo y el pilar de fuego,
Cartago y Roma y su apretada guerra,
Simón Mago, los siete pies de tierra
Que el rey sajón ofrece al rey noruego,
Todo lo arrastra y pierde este incansable
Hilo sutil de arena numerosa.
No he de salvarme yo, fortuita cosa
De tiempo, que es materia deleznable.»
Versión 2:
«En la sombra de un pilar, al mediodía,
O en el flujo de un río eterno,
Vemos el tiempo, ese escurridizo dueño,
Nos enseña nuestra danza de locura.
Pero el tiempo, al igual que un desierto,
Tiene una textura suave y profunda,
Un lienzo tejido con los hilos de los muertos,
Una medida de los sueños que se hunden.
En el silencio, surge un instrumento alegórico,
El reloj de arena de los viejos cuentos,
Un recuerdo de días pasados, un eco melancólico,
Sostenido en manos de antiguos vientos.
Desde su vértice, cae la arena dorada,
Grano tras grano, en un flujo constante,
Cada uno un momento en nuestra balada,
En el cristal curvo de su universo elegante.
Miramos con fascinación la danza de la arena,
Cada grano una estrella en nuestra galaxia humana,
Bajo la alegría y la tristeza, la escena,
De una eternidad inmutable, una melodía lejana.
La caída nunca se detiene, el rito es eterno,
Con cada grano, un suspiro de vida se va,
Pero en cada grano también, un cuento tierno,
Una historia de amor, un amanecer, una canción de la mar.
En cada grano de arena, veo un universo,
Un eco del tiempo cósmico, una huella de memoria,
O quizás un olvido, un verso disperso,
De un poema perdido en el río de la historia.
Todo lo que fue, todo lo que será, se desliza,
En este hilo sutil de arena dorada,
No escaparemos, somos brisa,
En el viento del tiempo, somos nada y somos todo.
Pero no te desesperes, no llores, querido amigo,
Cada grano de arena es un instante de belleza,
Un canto de pájaro, un abrazo, un abrigo,
Un pedazo de eternidad, una chispa de promesa.
Así que bailemos con el tiempo, en su canción enloquecida,
Celebremos cada grano de arena, cada momento vivido,
Porque en cada grano, en cada vida,
El universo entero está contenido.»