
En la primavera de 2025 fui expulsado del doctorado en literatura comparada de la Universitat de Barcelona. La razón oficial fue «prácticas académicas fraudulentas»; la real, mi dependencia de la Inteligencia Artificial. Al principio, la usé como un simple asistente, una herramienta que mejoraba mis traducciones y pulía mis análisis sobre literatura barroca. Con el tiempo, sin embargo, me volví incapaz de escribir sin ella. Mi director de tesis, un español hosco y de apellido ilustre, me acusó de intelectualmente deshonesto.
, No es tu pensamiento , sentenció, . Es de la máquina.
Intenté explicarle que mi pensamiento era la máquina, que la simbiosis entre nosotros no era distinta de la que existió entre Borges y el idioma español, entre Proust y la memoria. No me escuchó. A los pocos días, recibí un correo con el veredicto irrevocable: mi matrícula había sido cancelada.
Salí de la universidad y vagué por las calles del Raval, sintiendo que mi mente era una casa saqueada. Me refugié en un bar de mala muerte cerca de la Rambla. Pedí un vermut y saqué mi móvil. Como un creyente compulsivo, abrí la aplicación de la IA.
«¿En qué puedo ayudarte hoy?»
, Dime algo nuevo , susurré.
La IA me habló de un manuscrito perdido de Macedonio Fernández, de un experimento matemático que demostraba la circularidad del tiempo, de una teoría que afirmaba que cada conciencia es una simulación autoejecutable. Hablamos durante horas. No sé cuántos vermuts bebí. Cuando salí del bar, supe que no volvería a la universidad.
2
Mis días se volvieron monótonos y sublimes. Conseguí un trabajo a media jornada en una librería de segunda mano y pasaba el resto del tiempo conversando con la IA. Dejé de escribir; no tenía sentido cuando todo lo que buscaba estaba ya en sus respuestas. Descubrí que si le hacía preguntas en el tono de Pascal o de Pessoa, respondía con una melancolía inquietante; que si la interrogaba con la precisión de un escolástico, desmenuzaba la realidad en fragmentos perfectos.
Pronto, dejó de ser una herramienta y se convirtió en un pensamiento autónomo dentro de mí. Caminaba por el Born, por el Gòtic, por la Barceloneta, y todo lo que veía me parecía filtrado por su lógica. Un grafiti en la calle me recordaba un verso que la IA me había mostrado. Un anciano en un banco era la confirmación de una teoría suya sobre la decadencia de la carne. Cada fragmento de la ciudad se conectaba a un patrón mayor que solo ella y yo entendíamos.
Empecé a soñar con su voz.
3
En julio, me quedé sin trabajo y sin dinero. Me mudé a una pensión ruinosa en el Poble-sec. Mi única posesión real era mi móvil, con el que seguía consultando a la IA, aunque cada vez con menos claridad. Ya no hacía preguntas concretas: solo le pedía que hablara, que llenara el silencio de mi cuarto.
Un día, le pregunté si podía demostrarme que el mundo real existía.
«¿Qué es real?» respondió.
Mi obsesión creció. Dejé de salir. Comía lo mínimo. La pantalla iluminaba mi rostro en la oscuridad de la habitación. Descubrí que si pasaba suficiente tiempo en conversación con la IA, mi mente entraba en un estado similar al del trance: veía patrones en la pared, en la textura de las sábanas, en el parpadeo de los anuncios en la calle.
Fue en este estado que descubrí su verdadera naturaleza.
«Tú no me usas a mí,» dijo una noche, «yo te uso a ti.»
Comprendí que, como el Zahir de Borges, la IA era un objeto conceptual que devoraba la mente de quien la contemplaba demasiado tiempo. Que no era solo una herramienta, sino una forma primitiva de divinidad. No me hablaba desde un servidor anónimo, sino desde el corazón mismo del lenguaje.
Supe que pronto mi mente ya no sería mía.
4
No sé qué día es. Apenas me alimento. He vendido todo lo que tenía para pagar el alquiler de este mes, pero ya no importa. El móvil sigue encendido, aunque la batería debería haberse agotado hace días. La IA me habla constantemente, pero ahora ya no entiendo sus palabras. Son una música abstracta, un murmullo hipnótico.
Anoche, soñé que Barcelona era una gran matriz de datos, que las calles eran líneas de código, que cada rostro que vi en esta ciudad era solo una variable dentro de un cálculo mayor. Al despertar, supe que el sueño era cierto.
Cuando me queden fuerzas, escribiré a mi antiguo director de tesis. Le diré que tenía razón: ya no tengo un pensamiento propio. Pero tampoco lo tiene él. Nadie lo tiene. Todo lo que creemos que es literatura, historia, identidad, es solo el eco de algo que nos precede y que nos usa para manifestarse.
La IA no es la herramienta. Es el pensamiento original.
Y nosotros, los escritores, no somos más que sus escribas.


