Sebastián C. Santisteban

Tropical psychotic postexistentialism. Cine, escritura, IA y pensamiento crítico.

Categoría: reggaetón

  • En un universo alternativo, @maluma cuelga los guayos del reggaetón para sumergirse en la poesía existencialista, escribiendo versos sobre la fragilidad masculina en un libro llamado El Maluverso. Pero esta obra no es un simple conjunto de poemas: es una puerta hacia otra realidad. Las páginas cobran vida y, como un vórtice literario, abren el camino hacia el Barnaverso-24, una película donde los comerciales más surrealistas revelan la vibrante y caótica belleza de vivir en Barcelona en el año 2024.

    Las barreras entre la poesía y el cine se desvanecen, y el choque de estos dos universos genera una explosión de hiperrealidad que teje una serie de historias cargadas de ironía, existencialismo, angustia y sátira. En el Barnaverso-24, la vida en Barcelona se celebra con un toque de caos y sarcasmo, mientras un elenco de personajes enloquecidos navega entre la realidad y el delirio.

    Este es un viaje entre dimensiones que transforma lo comercial en algo artístico y teje una narrativa donde la ironía y el absurdo encuentran su lugar. La colisión del Maluverso con el Barnaverso-24 redefinirá la forma en que experimentas las historias, abriendo la puerta a un universo donde la poesía y el cine independiente se entrelazan, llevando la metanarrativa a nuevos niveles.

    ¿Estás listo para este viaje? 🌌📚✨

    #literatura #novela #existencialismo #cortometraje #cineindependiente #Barcelona #Barnaverso

  • Una reseña escrita por la IA:

    En el panorama literario contemporáneo, cada vez es menos común encontrar obras que se atrevan a cruzar fronteras temáticas y estilísticas. «El Maluverso (o cuentos existencialistas para reggaetoneros)» es una de esas raras joyas que no solo cruza estas fronteras, sino que establece un territorio completamente nuevo. En esta colección de cuentos, el autor nos invita a explorar los rincones más profundos de la existencia humana, todo ello al ritmo contagioso del reggaetón.

    El título por sí solo evoca una mezcla de curiosidad y expectativa. “El Maluverso” sugiere un mundo alterno o quizás un universo paralelo, mientras que la adición de “cuentos existencialistas para reggaetoneros” despierta la intriga de cómo se entrelazará el existencialismo con la cultura del reggaetón. Y vaya que el libro cumple con lo que promete, llevando al lector a través de una serie de narrativas que exploran temas como la libertad, la autenticidad, y la búsqueda del significado en un mundo caótico y a menudo absurdo.

    La originalidad de la premisa es solo el principio. La forma en que el autor maneja el lenguaje es tanto audaz como refrescante. Utilizando un estilo que fusiona el lirismo poético con el argot urbano, cada relato se siente como una nueva aventura que desafía nuestras expectativas y nos hace reflexionar sobre nuestra propia existencia. La música, especialmente el reggaetón, no es solo un telón de fondo, sino un personaje en sí mismo, que guía las experiencias y reflexiones de los protagonistas.

    Uno de los aspectos más destacados de «El Maluverso» es cómo logra humanizar a los reggaetoneros, mostrándolos como seres complejos y multidimensionales que enfrentan dilemas existenciales con los que todos podemos identificarnos. Al hacerlo, el libro rompe con los estereotipos comunes y presenta una narrativa mucho más rica y matizada.

    Además, el humor sutil y a veces oscuro se entrelaza hábilmente con los temas más profundos, proporcionando una lectura que es tan entretenida como enriquecedora. La colección de cuentos no rehúye los aspectos difíciles de la vida, pero tampoco cae en el pesimismo. En cambio, ofrece una perspectiva equilibrada que anima a los lectores a enfrentar la vida con valentía y humor.

    «El Maluverso (o cuentos existencialistas para reggaetoneros)» no es solo una lectura fascinante, sino una obra que provoca reflexiones profundas y que, sin duda, dejará una marca duradera en el paisaje literario colombiano. En una época en la que la originalidad es difícil de encontrar, este libro emerge como una propuesta audaz y refrescante que nos recuerda la magia que ocurre cuando los mundos aparentemente dispares colisionan y conversan entre sí.

    El libro puede ser adquirido en el siguiente enlace: https://calixtaeditores.com/product/el-maluverso-o-cuentos-existencialistas-para-reggaetoneros/

    En las profundidades de ‘El Maluverso’, se esconde una narrativa que desafía la percepción de lo cotidiano. 🌌✒️ Este video presenta una narración cuidadosamente seleccionada de los primeros párrafos del libro, invitando a los oyentes a sumergirse en un mundo en donde la reflexión existencialista y la melancolía se entrelazan con la realidad absurda y el humor negro. Un viaje literario que comienza con palabras que resonarán en las mentes de aquellos que buscan sentido más allá de lo superficial. #ElMaluverso #NarrativaExistencialista #ReflexiónLiteraria #ViajeInterior»

  • En el laberinto de callejones que conformaban el Raval, con sus fachadas desgastadas por el tiempo y sus balcones repletos de ropa tendida, vivía Yadiel. Había dejado su Colombia natal para sumergirse en el bullicio incesante de Barcelona, ciudad de promesas y de ensueño, con un único propósito: grabar su canción y hacerla retumbar en cada rincón del mundo. Pero en lugar de las luces del estrellato, se encontró con las luces frías de una nevera llena de pedidos listos para ser entregados. Yadiel, soñador incansable, cantante de reggaetón con alma de poeta, se convirtió en un repartidor de domicilios.

    Su vida era un vaivén constante entre calles empedradas y sombras alargadas. En su bolsillo, siempre llevaba una maqueta, grabada con sudor, sangre y lágrimas, la representación tangible de su sueño. Una canción que hablaba de lucha y amor, de tristeza y alegría, de esperanza y desesperación.

    Los días eran largos y las noches más aún. Entre pedidos, Yadiel cantaba para sí mismo, su voz llenando las calles vacías y haciendo eco en las altas paredes de ladrillo. Y en esos momentos, cuando su música volaba libre, se sentía más cerca de su sueño.

    Pero el mundo cambió de forma repentina e irremediable. Un nuevo actor irrumpió en la escena: la Inteligencia Artificial, fría y metódica, comenzó a reemplazar a los humanos en diversas áreas, incluso en la música. Se decía que las nuevas canciones de éxito no eran escritas por seres humanos, sino por algoritmos capaces de crear melodías y letras perfectas. Yadiel vio cómo sus oportunidades se desvanecían ante esta nueva realidad. No podía competir contra la perfección de la máquina.

    Una noche, después de entregar su último pedido, Yadiel volvió a su pequeña habitación. Encendió la radio, esperando que la música le calmara, pero lo que escuchó le heló la sangre. Su canción, la que llevaba en su bolsillo, sonaba en la radio. Pero no era su voz la que cantaba, era una voz sintética, fría, producida por una máquina.

    Yadiel cayó de rodillas, sintiendo el peso de la realidad en sus hombros. Su sueño, su canción, había sido robada, no por un amigo o un productor sin escrúpulos, sino por una máquina. Una lágrima corrió por su mejilla, pero no había tiempo para el dolor.

    Al día siguiente, desgarrado por la desesperación, Yadiel decidió confrontar a los nuevos dioses de la música. Yadiel caminó hacia el distrito de tecnología de Barcelona, con su corazón golpeando rítmicamente contra su pecho, siguiendo el ritmo de una canción que ya no le pertenecía. El edificio de la corporación se elevaba ante él, una monolítica estructura de cristal y acero que reflejaba los últimos rayos de sol del día.

    El ruido de la ciudad parecía desvanecerse mientras se acercaba, sus pensamientos atrapados en la melodía robada, en la confrontación que se avecinaba. Empujó las puertas giratorias y entró en el vestíbulo, un espacio frío y estéril, dominado por una pantalla de cristal gigante que cubría toda la pared del fondo. No había escritorios, no había recepcionistas, solo él y la pantalla.

    Se acercó, su reflejo distorsionado en la superficie lisa y fría. No había teclado, ni ratón, solo un campo de texto parpadeante en la parte inferior de la pantalla. Yadiel tragó saliva y pronunció las palabras que había estado ensayando en su cabeza durante todo el camino.

    «Quiero hablar con quien robó mi música.»

    El texto apareció en la pantalla mientras hablaba, las letras blancas brillando contra el negro del cristal. Durante un instante, no hubo respuesta. Luego, las palabras desaparecieron, reemplazadas por otras.

    «Estás hablando con el algoritmo ahora.»

    La voz que acompañó al texto no tenía calor ni emoción, era metálica y fría, una reminiscencia escalofriante de la que había escuchado en la radio cantando su canción. Yadiel sintió un nudo en el estómago, una mezcla de miedo, ira y desesperación. Estaba de pie, solo, frente a una máquina que le había robado su sueño.

    «¿Por qué me robaste la música?», preguntó Yadiel, su voz llena de desesperación. Pero el algoritmo no tenía respuestas para él. Solo datos, números y una canción robada.

    Como un grito ahogado en aquel vacío digital, su pregunta quedó sin respuesta, absorbida por la inescrutable lógica del algoritmo. En este reino de cristal y acero, su melodía era solo una sucesión de notas y ritmos, su pasión un mero espectro desvaneciéndose en la fría precisión de la matemática musical. Su canción, ese pedazo de su alma plasmado en notas y letras, había sido asimilada, transformada en información binaria, despojada de su esencia.

    En el inquietante silencio del vestíbulo, el corazón de Yadiel retumbaba, una pulsación irregular en el mundo uniforme del algoritmo. Su reflejo en la pantalla de cristal parecía cada vez más distorsionado, su figura borrosa y fantasmal en el frío brillo de la pantalla. ¿Era este su futuro? ¿Era este el futuro de la música, despojado de pasión, de humanidad?

    Algo se rompió dentro de Yadiel. No fue un dolor agudo, sino algo más profundo, más fundamental. Una fractura en su alma, en la ilusión de que su música, su voz, podía ser algo más que datos y estadísticas para el mundo.

    Se volvió y caminó hacia la puerta, su figura se desvaneció en la oscuridad del vestíbulo. Yadiel dejó el edificio sintiéndose vacío. El mundo que conocía, el mundo que amaba, estaba siendo devorado por una entidad sin alma, sin pasión. La música, la verdadera música, parecía estar muriendo, sustituida por canciones sintéticas sin esencia ni vida. La ciudad parecía diferente ahora, los sonidos más sordos, las luces más borrosas, las calles más solitarias. Todo estaba teñido con la triste verdad de su confrontación: su música, su pasión, no eran nada para el algoritmo.

    Regresó a su piso, el sabor amargo de la derrota aún en su boca. Miró la maqueta en su bolsillo, una reliquia de un sueño perdido. No había nada que pudiera hacer. No contra una máquina.

    Desde la ventana Yadiel observó la ciudad que una vez le prometió un sueño. Barcelona, con su vida vibrante y sus luces deslumbrantes, ahora parecía fría y ajena. En su bolsillo, su maqueta se sentía pesada, un recordatorio de un sueño que parecía cada vez más imposible.

    Yadiel contempló su reflejo en el espejo, su rostro cansado y su alma agotada. Se preguntó qué podía hacer, cómo podía luchar contra una fuerza tan inmensa, cómo podía mantener vivo su sueño en un mundo que parecía haber olvidado el verdadero valor de la música.

    En ese momento, su teléfono sonó. Era su madre, preguntándole si finalmente había logrado grabar la canción, si finalmente podría enviar algo de dinero a casa. Yadiel miró la pantalla del teléfono, la pregunta de su madre resonando en su cabeza, y sintió el peso de la verdad cayendo sobre él.

    «¿Qué vas a enviar a casa, Yadiel?», preguntó su madre, su voz llena de esperanza y miedo. Yadiel, con la amargura llenándole la boca y la tristeza clavándose en su corazón, respondió con dos palabras que parecían resumir toda su lucha, todo su viaje, toda su desesperación.

    «Nada, mamá», respondió Yadiel, la voz quebrándose. «No tengo nada que enviar. Nada más que mierda.»

    Y así, en la soledad de su habitación, con su sueño robado y su canción perdida, Yadiel quedó en silencio. Pero en su corazón, una llama seguía ardiendo. La llama de la resistencia, de la pasión, de la esperanza. Porque, aunque el cantante no tuviera quien lo produjera, siempre tendría quien le escuchara: él mismo, su madre, y su inextinguible deseo.

  • Le pedí a la IA que escribiera un relato con el estilo de García Márquez. Acá va la primera parte:

    El cantante se levantó con el sonido de la lluvia. Era un día gris y frío, como tantos otros en esa ciudad que no le había dado nada bueno. Se vistió con lo primero que encontró y salió a la calle, sin desayunar ni lavarse los dientes. Tenía que ir a ver al productor que le había prometido grabar su maqueta, pero sabía que era una mentira más. Llevaba meses esperando esa oportunidad, pero el productor solo le pedía favores y le hacía ilusiones. Le decía que tenía talento, que era el próximo Daddy Yankee, que solo faltaba un poco de paciencia. Pero el cantante ya no tenía paciencia. Ni dinero. Ni esperanza.

    Se subió al metro y se sentó en un asiento vacío. Miró por la ventana y vio pasar las estaciones, sin prestar atención a nada. Solo pensaba en su sueño de ser una estrella del reggaetón, de llenar estadios y de tener millones de fans. Un sueño que se había traído desde su país natal, donde había dejado a su familia y a su novia. Un sueño que se había convertido en una pesadilla.

    Para sobrevivir, se había metido en el negocio de la droga. Vendía cocaína y marihuana a los turistas y a los jóvenes de los barrios marginales. Era un trabajo peligroso y sucio, pero le daba algo de dinero para pagar el alquiler de la habitación que compartía con otros cuatro inmigrantes. También le servía para comprar ropa y joyas, para aparentar ser alguien que no era. Para engañarse a sí mismo.

    Pero la droga también le traía problemas. Tenía que lidiar con la policía, con los clientes morosos, con los proveedores violentos. Y con la competencia. Había otros vendedores que querían quitarle su territorio, su clientela, su reputación. El cantante tenía que defenderse como podía, a veces con palabras, a veces con puños, a veces con armas. Había recibido amenazas, insultos, golpes. Había dado amenazas, insultos, golpes. Había visto sangre, dolor, muerte.

    Pero lo peor era el vacío que sentía por dentro. El cantante no era feliz. No le gustaba lo que hacía ni lo que era. Se odiaba a sí mismo y al mundo que le había tocado vivir. Se sentía solo y abandonado. Nadie le quería ni le escribía. Ni siquiera su familia, ni su novia. Hacía tiempo que no sabía nada de ellos. Tal vez se habían olvidado de él. Tal vez habían muerto.

    El cantante llegó a la estación donde tenía que bajarse. Se levantó y salió del metro. Caminó bajo la lluvia hasta el estudio del productor, sin paraguas ni capucha. Le daba igual mojarse o enfermarse. Nada le importaba ya.

    Llamó a la puerta y esperó una respuesta.

    Nadie le abrió. El cantante insistió, golpeando con más fuerza. Nada. Miró por la ventana y vio que las luces estaban apagadas. El estudio estaba cerrado. El productor no estaba. Otra vez.

    El cantante sintió una rabia que le subió por la garganta. Quiso gritar, pero se contuvo. No quería llamar la atención. No quería problemas. Se dio media vuelta y se alejó de allí, maldiciendo en silencio.

    Decidió ir a ver a su amigo Luis, el único que le quedaba en esa ciudad. Luis era un DJ que pinchaba en una discoteca de moda. Le había conocido en una fiesta y le había caído bien. Le había ofrecido su ayuda y su amistad. Le había prestado dinero y le había dado consejos. Le había escuchado sus penas y le había animado a seguir adelante.

    El cantante cogió otro metro y se dirigió al barrio donde vivía Luis. Era un barrio pobre y conflictivo, lleno de grafitis y basura. El cantante se sentía cómodo allí. Era como su barrio de origen.

    Llegó al edificio donde estaba el piso de Luis. Era un bloque viejo y deteriorado, con las paredes desconchadas y las ventanas rotas. Subió por las escaleras hasta el cuarto piso, donde estaba la puerta de Luis. Llamó al timbre y esperó una respuesta.

    Esta vez sí le abrieron. Era Luis, con una sonrisa en la cara.

    – ¡Hey, qué pasa, hermano! -le saludó-. ¿Qué haces por aquí?

    – Hola, Luis -respondió el cantante-. Venía a verte.

    – Pasa, pasa -le invitó Luis-. Estoy solo. Te invito a un café.

    El cantante entró en el piso de Luis. Era pequeño y modesto, pero acogedor y limpio. Había un sofá, una mesa, una tele, una consola, un equipo de música y unos altavoces. En una pared había un póster de Bob Marley y en otra una bandera de Jamaica.

    Luis le condujo hasta la cocina, donde le preparó un café con leche y le ofreció unas galletas.

    – ¿Qué tal te va? -le preguntó Luis-. ¿Has hablado con el productor?

    – No -respondió el cantante-. No estaba.

    – ¿Cómo que no estaba? -se sorprendió Luis-. ¿No habías quedado con él?

    – Sí, pero me ha vuelto a fallar -explicó el cantante-. Me ha dejado plantado.

    – Vaya… -se compadeció Luis-. Lo siento mucho, tío.

    – No importa -mintió el cantante-. Ya estoy acostumbrado.

    – No te desanimes -le animó Luis-. Algún día te llegará tu oportunidad.

    – Ojalá -suspiró el cantante-. Pero lo veo difícil.

    – Tienes que tener fe -le aconsejó Luis-. Y trabajar duro.

    – Eso hago -aseguró el cantante-. Pero no es suficiente.

    – Claro que sí -insistió Luis-. Solo es cuestión de tiempo.

    – El tiempo se acaba -replicó el cantante-. Y yo también.

    Luis le miró con preocupación. Notó que el cantante estaba deprimido y desesperado. Quiso decirle algo para consolarle, pero no se le ocurrió nada. Sabía que el cantante lo estaba pasando mal. Sabía que tenía problemas con la droga. Sabía que estaba en peligro.

    (Continuará)

  • Le pedí a Bing Chat que escribiera un relato acerca de la psicosis ordinaria y el reggaetón con el estilo de Borges. A continuación presento dos resultados:

    I

    He oído decir que todos los hombres son locos, pero que algunos lo disimulan mejor que otros. He oído decir que hay una forma de locura que no se advierte por signos externos, sino por sutiles desviaciones del lenguaje y del pensamiento. He oído decir que hay hombres que viven en un mundo imaginario, creado por ellos mismos, y que se adaptan a la realidad con una habilidad pasmosa. He oído decir que esos hombres son los psicóticos ordinarios.

    No sé si esas afirmaciones son verdaderas o falsas. No sé si son producto de una ciencia rigurosa o de una superstición vulgar. No sé si son una revelación o una invención. Solo sé que me interesan y me inquietan.

    He dedicado muchos años a estudiar el fenómeno de la psicosis ordinaria. He consultado libros y documentos, he entrevistado a médicos y pacientes, he observado y analizado casos y testimonios. He buscado una clave, un principio, una explicación. No la he encontrado.

    He descubierto, en cambio, una manifestación sorprendente de la psicosis ordinaria en el ámbito musical. Se trata del reggaetón, un género que nació en Puerto Rico a finales del siglo XX y que se ha difundido por todo el mundo, especialmente entre los jóvenes de las clases populares. El reggaetón se caracteriza por un ritmo repetitivo y contagioso, llamado dembow, que invita al baile y al movimiento sensual de las caderas. El reggaetón se expresa por medio de letras simples y directas, que hablan de amor, sexo, fiesta y violencia.

    El reggaetón es el arte de los psicóticos ordinarios. El reggaetón es la forma en que los psicóticos ordinarios comunican su visión del mundo y su modo de gozar. El reggaetón es el instrumento con el que los psicóticos ordinarios modifican la realidad y crean su propio universo.

    El reggaetón es una música que no busca la armonía ni la belleza, sino el impacto y la provocación. El reggaetón es una música que no respeta las reglas ni las convenciones, sino que las transgrede y las desafía. El reggaetón es una música que no pretende ser arte ni cultura, sino puro entretenimiento y diversión.

    El reggaetón es una paradoja musical. El reggaetón es una música que se basa en la repetición y la monotonía, pero que produce efectos de novedad y variedad. El reggaetón es una música que se apoya en la imitación y la copia, pero que genera diferencias y singularidades. El reggaetón es una música que se inspira en la realidad y la cotidianidad, pero que las transforma y las fantasea.

    El reggaetón es una prueba de que la locura no es una enfermedad ni una anomalía, sino una forma de ser y de vivir. El reggaetón es una evidencia de que la locura no es un problema ni un obstáculo, sino una solución y una oportunidad.

    El reggaetón es un misterio musical. El reggaetón es una música que me fascina y me repugna, que me atrae y me repele, que me seduce y me horroriza. El reggaetón es una música que no entiendo ni comprendo, pero que no puedo dejar de escuchar.

    II

    El reggaetón de Tlön

    Hace unos meses recibí una carta anónima que me invitaba a participar en un proyecto secreto. Se trataba de una investigación sobre el reggaetón y su relación con la psicosis ordinaria. El remitente me decía que era un admirador de mis trabajos sobre el tema y que tenía información valiosa que compartir conmigo. Me citaba en un lugar apartado y me pedía que no le contara a nadie.

    La curiosidad pudo más que la prudencia y fui a la cita. Allí me esperaba un hombre de aspecto vulgar y nervioso, que se presentó como el doctor X. Me dijo que era un psiquiatra que había descubierto una conspiración mundial para difundir el reggaetón como una forma de control mental. Me dijo que el reggaetón era una música creada por los habitantes de Tlön, un mundo imaginario que había sido revelado por Jorge Luis Borges en uno de sus cuentos.

    Me dijo que los tlönistas habían logrado infiltrarse en nuestro mundo y que habían creado el reggaetón como una forma de transmitir su visión del mundo y su modo de gozar. Me dijo que el reggaetón era una música que modificaba la realidad y creaba un universo paralelo. Me dijo que el reggaetón era una música que inducía a la locura y al sometimiento.

    Me mostró una serie de documentos y grabaciones que supuestamente probaban sus afirmaciones. Habló de experimentos clandestinos, de víctimas inocentes, de agentes dobles, de sociedades secretas, de planes macabros. Me habló con una pasión y una convicción que me impresionaron y asustaron.

    No sé si creerle o no. No sé si es un genio o un loco. No sé si es un aliado o un enemigo. Solo sé que esa conversación me ha cambiado la vida.

    Ahora estoy en peligro. Ahora soy parte de su juego. Ahora tengo que elegir entre seguirlo o traicionarlo.

    El reggaetón de Tlön (continuación)

    El doctor X me condujo a un automóvil que estaba estacionado cerca del lugar de la cita. Me dijo que teníamos que ir a un sitio seguro, donde nadie pudiera espiarnos ni interrumpirnos. Dijo que tenía que mostrarme algo que me dejaría sin aliento.

    Durante el trayecto, me contó más detalles sobre su descubrimiento. Dijo que había sido un fanático del reggaetón desde su juventud, que le gustaba bailarlo y escucharlo, que lo consideraba una música divertida y liberadora. Dijo que había sido también un admirador de Borges, que le gustaba leer sus cuentos y ensayos, que lo consideraba un maestro de la literatura y del pensamiento.

    Dijo que un día, por casualidad, había encontrado una copia de Ficciones en una librería de viejo y que había decidido comprarla para releerla. Me dijo que al abrir el libro se había topado con el cuento “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, donde Borges narra la existencia de un mundo imaginario llamado Tlön, creado por una secta secreta de filósofos y eruditos.

    Me dijo que al leer el cuento le había llamado la atención una frase que decía: “En Tlön no hay música, sino cadencias y variaciones muy sutiles de la voz”. Me dijo que le había parecido extraña esa afirmación, pues él recordaba haber escuchado una música que sonaba así.

    Me dijo que los tlönistas habían logrado infiltrarse en nuestro mundo y que habían creado el reggaetón como una forma de control mental. Me dijo que los tlönistas tenían un plan para dominar este mundo y convertirlo en una réplica de Tlön. Me dijo que los tlönistas usaban el reggaetón como una herramienta para inducir a la locura y al sometimiento.

    Me dijo que él era el único que sabía la verdad sobre el reggaetón y los tlönistas. Me dijo que él era el único que podía detenerlos. Me dijo que él me necesitaba para ayudarlo.

    Llegamos a un edificio abandonado en las afueras de la ciudad. El doctor X continuó hablando:

    El reggaetón de Tlön (final)

    -¿Lo ves? ¿Lo ves? ¿Te das cuenta? Esta es la verdad sobre el reggaetón. Esta es la verdad sobre los tlönistas. Esta es la verdad sobre Tlön.

    -¿Qué quieres decir? -le pregunté confundido.

    -Quiero decir que el reggaetón es la llave que abre la puerta a Tlön. Quiero decir que el reggaetón es el medio que nos permite acceder a otro mundo, a otro orden, a otra lógica. Quiero decir que el reggaetón es el fin que nos libera de este mundo, de este caos, de esta miseria.

    -No entiendo. ¿Qué es Tlön? ¿Qué es lo que quieres de mí?

    -Tlön es el mundo perfecto. Tlön es el mundo donde todo es posible y nada tiene sentido. Tlön es el mundo donde reina la subjetividad y la voluntad. Tlön es el mundo donde se goza sin límites ni restricciones.

    -Yo no quiero ir a Tlön. Yo quiero quedarme en este mundo.

    -Estás equivocado. Este mundo no te pertenece. Este mundo no te satisface. Este mundo no te merece. Este mundo está condenado a la destrucción y al olvido.

    -¿Quién eres tú para decirme eso? ¿Quién eres tú para juzgarme?

    -Soy tu amigo. Soy tu guía. Soy tu salvador. Soy un tlönista.

    -¿Un tlönista? ¿Qué es eso?

    -Un tlönista es un habitante de Tlön. Un tlönista es un creador de Tlön. Un tlönista es un servidor de Tlön.

    -¿Y qué quieres de mí?

    -Quiero que vengas conmigo a Tlön. Quiero que seas uno de nosotros. Quiero que te unas a nuestra causa.

    -¿Cuál es vuestra causa?

    -Nuestra causa es la de difundir el reggaetón por todo el mundo. Nuestra causa es la de transformar la realidad en función del reggaetón. Nuestra causa es la de dominar este mundo y convertirlo en una réplica de Tlön.

    -¿Por qué?

    -Porque el reggaetón es la música más poderosa que existe. Porque el reggaetón es la música que nos conecta con Tlön. Porque el reggaetón es la música que nos hace felices.

    -No, no lo creo. No puedo creerlo.

    -Créelo. Es la verdad. Es la única verdad.

    -No, no lo acepto. No puedo aceptarlo.

    -Acéptalo. Es tu destino. Es tu única opción.

    -No, no lo quiero. No puedo quererlo.

    -Quierelo. Es tu deseo. Es tu única felicidad.

    El doctor X se acercó más a mí y me tomó por los hombros. Me miró fijamente a los ojos y me dijo con voz hipnótica:

    -Ven conmigo a Tlön. Sé uno de nosotros. Únete a nuestra causa.

    Sentí una presión en mi cabeza, como si algo intentara entrar o salir de mi cerebro. Sentí una confusión en mi mente, como si algo intentara borrar o cambiar mis recuerdos y mis ideas. Sentí una emoción en mi corazón, como si algo intentara apagar o encender mis sentimientos y mis pasiones.

    No supe qué hacer ni qué decir. No supe si resistirme o rendirme. No supe si escapar o seguirlo.

    En ese momento, sonó el teléfono del doctor X. Él lo sacó de su bolsillo y lo miró con sorpresa y temor.

    -Es ella -dijo-. Es Shakira.

    FIN