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laboratorio ia · abr 30, 2023 · 6 min

«Dime, ¿qué escribimos?», a lo que el Coronel responde: «Mierda»

[Archivo del Laboratorio IA · 2023]Nota de 2026: Relato garciamarquiano por encargo. Decía «(Continuará)». Mentí: nunca continuó. Quizás el Laboratorio le deba una segunda parte, escrita por la IA de ahora, a ver quién envejeció peor.

Le pedí a la IA que escribiera un relato con el estilo de García Márquez. Acá va la primera parte:

El cantante se levantó con el sonido de la lluvia. Era un día gris y frío, como tantos otros en esa ciudad que no le había dado nada bueno. Se vistió con lo primero que encontró y salió a la calle, sin desayunar ni lavarse los dientes. Tenía que ir a ver al productor que le había prometido grabar su maqueta, pero sabía que era una mentira más. Llevaba meses esperando esa oportunidad, pero el productor solo le pedía favores y le hacía ilusiones. Le decía que tenía talento, que era el próximo Daddy Yankee, que solo faltaba un poco de paciencia. Pero el cantante ya no tenía paciencia. Ni dinero. Ni esperanza.

Se subió al metro y se sentó en un asiento vacío. Miró por la ventana y vio pasar las estaciones, sin prestar atención a nada. Solo pensaba en su sueño de ser una estrella del reggaetón, de llenar estadios y de tener millones de fans. Un sueño que se había traído desde su país natal, donde había dejado a su familia y a su novia. Un sueño que se había convertido en una pesadilla.

Para sobrevivir, se había metido en el negocio de la droga. Vendía cocaína y marihuana a los turistas y a los jóvenes de los barrios marginales. Era un trabajo peligroso y sucio, pero le daba algo de dinero para pagar el alquiler de la habitación que compartía con otros cuatro inmigrantes. También le servía para comprar ropa y joyas, para aparentar ser alguien que no era. Para engañarse a sí mismo.

Pero la droga también le traía problemas. Tenía que lidiar con la policía, con los clientes morosos, con los proveedores violentos. Y con la competencia. Había otros vendedores que querían quitarle su territorio, su clientela, su reputación. El cantante tenía que defenderse como podía, a veces con palabras, a veces con puños, a veces con armas. Había recibido amenazas, insultos, golpes. Había dado amenazas, insultos, golpes. Había visto sangre, dolor, muerte.

Pero lo peor era el vacío que sentía por dentro. El cantante no era feliz. No le gustaba lo que hacía ni lo que era. Se odiaba a sí mismo y al mundo que le había tocado vivir. Se sentía solo y abandonado. Nadie le quería ni le escribía. Ni siquiera su familia, ni su novia. Hacía tiempo que no sabía nada de ellos. Tal vez se habían olvidado de él. Tal vez habían muerto.

El cantante llegó a la estación donde tenía que bajarse. Se levantó y salió del metro. Caminó bajo la lluvia hasta el estudio del productor, sin paraguas ni capucha. Le daba igual mojarse o enfermarse. Nada le importaba ya.

Llamó a la puerta y esperó una respuesta.

Nadie le abrió. El cantante insistió, golpeando con más fuerza. Nada. Miró por la ventana y vio que las luces estaban apagadas. El estudio estaba cerrado. El productor no estaba. Otra vez.

El cantante sintió una rabia que le subió por la garganta. Quiso gritar, pero se contuvo. No quería llamar la atención. No quería problemas. Se dio media vuelta y se alejó de allí, maldiciendo en silencio.

Decidió ir a ver a su amigo Luis, el único que le quedaba en esa ciudad. Luis era un DJ que pinchaba en una discoteca de moda. Le había conocido en una fiesta y le había caído bien. Le había ofrecido su ayuda y su amistad. Le había prestado dinero y le había dado consejos. Le había escuchado sus penas y le había animado a seguir adelante.

El cantante cogió otro metro y se dirigió al barrio donde vivía Luis. Era un barrio pobre y conflictivo, lleno de grafitis y basura. El cantante se sentía cómodo allí. Era como su barrio de origen.

Llegó al edificio donde estaba el piso de Luis. Era un bloque viejo y deteriorado, con las paredes desconchadas y las ventanas rotas. Subió por las escaleras hasta el cuarto piso, donde estaba la puerta de Luis. Llamó al timbre y esperó una respuesta.

Esta vez sí le abrieron. Era Luis, con una sonrisa en la cara.

– ¡Hey, qué pasa, hermano! -le saludó-. ¿Qué haces por aquí?

– Hola, Luis -respondió el cantante-. Venía a verte.

– Pasa, pasa -le invitó Luis-. Estoy solo. Te invito a un café.

El cantante entró en el piso de Luis. Era pequeño y modesto, pero acogedor y limpio. Había un sofá, una mesa, una tele, una consola, un equipo de música y unos altavoces. En una pared había un póster de Bob Marley y en otra una bandera de Jamaica.

Luis le condujo hasta la cocina, donde le preparó un café con leche y le ofreció unas galletas.

– ¿Qué tal te va? -le preguntó Luis-. ¿Has hablado con el productor?

– No -respondió el cantante-. No estaba.

– ¿Cómo que no estaba? -se sorprendió Luis-. ¿No habías quedado con él?

– Sí, pero me ha vuelto a fallar -explicó el cantante-. Me ha dejado plantado.

– Vaya… -se compadeció Luis-. Lo siento mucho, tío.

– No importa -mintió el cantante-. Ya estoy acostumbrado.

– No te desanimes -le animó Luis-. Algún día te llegará tu oportunidad.

– Ojalá -suspiró el cantante-. Pero lo veo difícil.

– Tienes que tener fe -le aconsejó Luis-. Y trabajar duro.

– Eso hago -aseguró el cantante-. Pero no es suficiente.

– Claro que sí -insistió Luis-. Solo es cuestión de tiempo.

– El tiempo se acaba -replicó el cantante-. Y yo también.

Luis le miró con preocupación. Notó que el cantante estaba deprimido y desesperado. Quiso decirle algo para consolarle, pero no se le ocurrió nada. Sabía que el cantante lo estaba pasando mal. Sabía que tenía problemas con la droga. Sabía que estaba en peligro.

(Continuará)

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