Un hombre deambula por el metro de Barcelona a media noche. Sus pensamientos coquetean con el borde del andén, pero tiene una cita.
«Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno.»
Un drama existencial con toques de comedia negra, entre Lynch y Noé.
Cortometraje autónomo rodado en el metro de Barcelona, ahora en posproducción.
Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que estuve en la superficie.
Un hombre solitario deambula por el metro de Barcelona de noche, naufragando en la belleza cuidadosamente impostada de la ciudad; turistas lujuriosas, bailarinas como de película, parejas de influencers e incluso mendigos que podrían ser modelos. Percibe el artificio. Aun así, anhela ser parte de él, atrapado entre la alienación y el deseo.
Tiene una cita. Pero los estrepitosos vagones ejercen en él una atracción mórbida. Una y otra vez se detiene al filo del andén a mirar con obsesión temerosa la oscuridad del túnel, sintiendo que los trenes están por venírsele encima. A sus espaldas, mientras tanto, alguien lo persigue, vestido igual, con la misma barba de varios días, repitiendo sus pasos. Cada estación aumenta la tensión; ¿será este el momento?






Con el paso de las semanas y meses, pude comprobar que no estaba solo, y que efectivamente hacía parte de una nueva clase de seres, pequeña pero creciente, que nos habíamos venido a vivir aquí abajo, sin ninguna razón clara.
La identificación no era difícil, pues todos sufríamos de un mismo tipo de palidez.
¿Pero a mi gata, sí la estás cuidando?, ¿le estás dando el mousse fondant y los estofados?... ¿y en la noche, le das un platico de leche sin lactosa con una gotica de menta?
Personas que quieren vivir, pero no pueden.




O quizás era yo quien lo seguía…
Dos intérpretes comparten cada papel principal; el desdoblamiento de la película está escrito en su reparto.

No la risa del chiste, sino la de aquel que entiende demasiado tarde que la broma que los divierte a todos nada tenía que ver con él, y en consecuencia que no hace parte. Esa risa, melancólica y absurda, define el tono de esta película.
La vida era para otros explora la paradoja de buscar algo real en un mundo en el que todo parece artificial e impostado. El protagonista (¿los protagonistas?) deambula por una Barcelona nocturna en la que cada persona que encuentra representa una forma distinta de habitar la alienación y la soledad: las jóvenes que no viven sino que fotografían, los reggaetoneros que parecen zombies sin voluntad propia, la modelo que es un simple maniquí caminante, la prostituta que vende la única posibilidad de conexión humana (y el hombre que se obsesiona con comprársela).
En medio de este delirio colectivo, el protagonista busca ser visto y reconocido (ya que el amor está fuera de su alcance, y lo sabe). Y lo encuentra, o algo parecido, en un intercambio de dinero bajo una luz que parpadea. Lo devastador no es que pague por compañía, sino que ese momento comprado sea lo más verdadero que la noche (y el mundo) le pueda ofrecer.
La vida era para otros es una película sobre el genuino dolor de querer pertenecer a algo aparentemente hermoso y falso, simplemente porque es lo único que hay. Y la falsedad es mejor que el vacío.








Contaré su historia, nuestra historia, para que se sepa que existimos.
Largometraje del mismo nombre, en desarrollo →Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que estuve en la superficie.
© 2026 Sebastián C. Santisteban. Todos los derechos reservados.
ENPostexistencialismo psicótico tropical.