Una película que vuelve la IA contra sí misma.
Un grupo de cineastas aficionados inicia un proyecto experimental que progresivamente destruye sus vidas. Mientras ruedan una ficción sobre una escritora que, atrapada con un monolito, intenta crear seres reales mediante su escritura, los personajes empiezan a contaminar el rodaje, hasta que ya nadie distingue lo que se filma de lo que ocurre detrás de cámaras.
Hecha en Barcelona con los últimos modelos de IA aplicados a los VFX, Ruinas Artificiales se podría considerar parte de una Nouvelle Vague pero del S. XXI, es decir, con metodologías ágiles, precarización, misticismo new age, física cuántica y tarot. Sátira y comedia negra a la vez, se pregunta qué queda de lo humano cuando la máquina escribe y genera imágenes más rápido de lo que alcanzamos a pensarlas y a sentirlas.
El fin de lo humano y el fin de lo real son el mismo fin.
«Aquí nadie se rompe solo, y nadie se cura solo tampoco.»
La locura, en el cine y en la vida, suele tratarse como un asunto del individuo. Un personaje se rompe mientras el mundo mira desde una distancia segura y cuerda. A mí me interesaba lo contrario: la locura como hecho colectivo y radicalmente humano. Ruinas Artificiales es una película coral sobre un grupo de cineastas amateur que pierden el sentido de lo real juntos. Aquí nadie se rompe solo, y nadie se cura solo tampoco. Se contaminan unos a otros, escena a escena, hasta que la ficción que ruedan y el detrás de cámaras ya no se pueden distinguir.
En el centro del coro hay dos polos. Un director con múltiples personalidades y una escritora que, encerrada en una habitación con un monolito, ya no se conforma con escribir personajes, sino que quiere traerlos a la vida. Alrededor de ellos, un ensamble de dieciocho voces en dos idiomas hibridados como si fueran uno: actores, técnicos, impostores, inocentes y cínicos. Cada uno encarna una manera distinta de necesitar algo genuinamente humano en un mundo donde ya casi todo es artificial. La película refleja este derrumbe, esta fractura, como hechos cotidianos y bellos, sin héroes que nos guíen a salvo hacia un más allá.
El método de realización obedece a la historia y se volvió un elemento más del relato. A los personajes no les alcanza el dinero para terminar su película y aun así siguen adelante, de manera irracional, llevados por una pasión simple y casi desquiciada. Eso, quizás, es lo que los confirma como seres humanos. En el linaje del Dogma 95 y la Nouvelle Vague, y con la IA aplicada a los efectos visuales, la precariedad de nuestro propio rodaje acabó siendo parte del estilo narrativo. Ruinas respira entre el 4:3 y el 16:9 mientras sus capas de ficción se pliegan unas sobre otras, entrelazadas como una cinta de Moebius en la que ya no se distingue dónde empieza ni dónde termina cada una.
La IA, uno de los temas más polémicos y fundamentales de la actualidad, atraviesa la película en varios niveles que se mezclan: en la escritura de la historia dentro de la historia, a través de Víctor, el personaje guionista que engañosamente delega su trabajo creativo en la máquina; en la cinematografía, en donde hay planos enteros generados con IA y luego repudiados por los mismos personajes que aparecen en ellos; y en su argumento central, sobre aquello que nos hace humanos y distintos de una tecnología que cada vez nos copia mejor, al punto del pánico y la rabia globales. Usamos la IA contra sí misma; el algoritmo se volvió cómplice y objetivo a la vez; método y ruina.
Ruinas Artificiales conversa con una tradición. Del 8½ de Fellini hereda la nostalgia y el delirio como materia del cine que se filma a sí mismo; de The Disaster Artist, la épica del amateur que hace su obra contra todo pronóstico, impulsado por la ignorancia, la idiotez y esa inocente pasión por un oficio que suele cerrarse a una élite exclusiva, y donde la belleza surge de lo paupérrimo y sincero. Desde ahí he querido esbozar, al menos tangencialmente, las preguntas centrales de nuestra época. ¿Qué queda de humano cuando casi todo lo que vemos, leemos y sentimos viene fabricado (o mediado) por un algoritmo? ¿Y aún importa esta pregunta?
Ruinas es también una historia sobre la salud mental, contada desde adentro. Sin sermones sobre qué es lo real ni cómo defender una supuesta normalidad cuerda, pues propone que justamente es en la duda y en la fractura, en ese no saber, donde nos definimos como seres humanos. Esto, a su vez, implica que no somos producto de una programación, sino más bien de una contingencia que nos excede y que no se puede matematizar; a la vez que se ríe de esta misma necesidad de cuestionarse todo, entre otras cosas, porque la risa es uno de los últimos reductos de resistencia humana.
Y es, también, una película queer, arruinadamente queer. Kai y Tonyo no cargan ninguna bandera ni protagonizan ninguna lección; son personajes no binarios como otros son cínicos o mayores de cincuenta años o delirantes, cada uno en su propia burbuja de la actualidad; y a nadie dentro de este mundo se le ocurre cuestionarlo. Les toca la misma ruina que a todos, sin salvación ni condena aparte. Esa igualdad radical, hoy nuevamente tan rara, se convierte en una forma de subversión.
Las vanguardias fueron, antes que un estilo, una manera de asumir riesgos para agitar a una humanidad pasmada y alienada. Se trataba de hacer las películas para las que la industria de su tiempo no tenía lugar, de hacerlas por necesidad vital y con lo que se tuviera a mano, buscando modos de expresión más autónomos y libres. Nosotros nos hemos guiado por este mismo ideal y riesgo, y por esta misma necesidad. Por eso, esta película problematiza la gravedad de aceptar que lo artificial, lo algorítmico, se convierta en el fundamento de lo real, lo cual implica rendirse al dominio de la máquina y renunciar a lo contingente de lo humano; es decir, a nuestra propia autonomía. Los personajes de Ruinas aspiran a firmar esa rendición, pero no pueden. Su locura los salva. En medio de la idiotez y la violencia terminan haciendo, sin darse cuenta, una película hermosa, terminan siendo profundamente humanos.
Esta historia abre con la parábola del payaso de Kierkegaard. Un incendio se prende en el teatro tras bambalinas, mandan al mejor payaso a avisarle al público, pero este cree que es parte del espectáculo y aplaude; el payaso insiste, desesperado, y el público aplaude más fuerte. Así, pensaba Kierkegaard, se acabará el mundo, entre los aplausos de los ingeniosos convencidos de que la gran tragedia era un simple chiste, y un espectáculo. Ruinas Artificiales es ese aviso, contado desde adentro del incendio, por gente que ya no sabe del todo si actúa o delira o está ardiendo.
Metaficción y comedia negra para estos tiempos absurdos y reaccionarios que se nos vienen encima.
Que se disuelve en personalidades múltiples mientras dirige.
Que delega engañosamente su escritura a la máquina.
Que recurre al chamanismo para ocultar su falta de comprensión del cine.
El único testigo cuerdo que queda en la sala.
Que predica la revolución marxista entre reel y reel.
Que acosa a sus compañeras escudado en el método.




Postexistencialismo psicótico tropical.