Imaginarios, el goce de lo simple
Lo simple como forma de resistencia
Tráiler
Documental completo / Full documentary
Sinopsis
En el año 2013, un grupo de jóvenes cineastas emprendió un viaje al municipio de Guateque, en Boyacá, con el objetivo de capturar los sueños y fantasías de los estudiantes de un colegio de provincia. Once años después, en 2024, el material de archivo recuperado nos brinda una perspectiva reveladora sobre la evolución de la sociedad y los contrastes entre la vida urbana y del campo.
A través de entrevistas íntimas, este documental sumerge al espectador en el mundo de los jóvenes estudiantes de colegio, quienes compartieron sus aspiraciones y visiones de la felicidad en un momento en el que las tecnologías digitales apenas empezaban a permear su vida cotidiana. El paso de los años nos permite reflexionar sobre cómo esas tendencias han dado forma a la sociedad de hoy, a menudo caracterizada por la futilidad y la superficialidad de la imagen.
En medio de este contexto, emerge la historia de Michael, un niño que vive en el campo sin comodidades como la electricidad o una ducha. A pesar de las limitaciones, la felicidad de Michael brilla de manera contagiosa. Su forma de vida sencilla, alejada de las distracciones tecnológicas, invita a cuestionar nuestras propias nociones de la felicidad y a valorar lo simple.
La recuperación de este material de archivo no solo permite contrastar los imaginarios entre la ciudad y el campo de entonces, sino que también brinda una oportunidad de reflexión sobre el impacto de la tecnología en nuestras vidas contemporáneas. A través de la mirada de los estudiantes, podemos ver los atisbos de una sociedad cada vez más dependiente de las pantallas y la conectividad tecnológica, y la manera en que ello ha moldeado nuestra época actual, tanto para bien como para mal.
“Imaginarios” es un testimonio de la importancia de mirar hacia atrás y aprender del pasado para cuestionar nuestras propias aspiraciones y prioridades (actuales o futuras). La historia de Michael, nos recuerda, quizás, que la verdadera felicidad no (solo) depende de las posesiones materiales, sino de nuestra manera de entender y habitar el mundo. Una mirada retrospectiva que nos impulsa a construir un futuro, ojalá, más auténtico y humano; y menos tecnológico y banal.
Nota del director
Este documental no lo hice en 2013 y no lo hice en 2024. Lo hice dos veces, con once años de distancia entre una y otra, y las dos veces fue una película distinta.
La primera versión la rodamos con un grupo de amigos, estudiantes de cine, en Guateque, mi pueblo en Boyacá, cuando todavía éramos los suficientemente jóvenes como para creer que se podía ir a la provincia colombiana a preguntarle a unos niños por la felicidad sin que la pregunta sonara pretenciosa, o idiota. Queríamos entender algo, aunque no teníamos del todo claro qué. Grabamos conversaciones, paisajes, risas, jornadas de trabajo, y al final armamos un documental que hablaba de lo que habíamos encontrado allá, que era, más o menos, una manera de estar en el mundo distinta de la nuestra.
En el centro de todo eso estaba Michael. Un niño que vivía sin casi nada de lo que mis amigos y yo considerábamos indispensable, y que sin embargo parecía más tranquilo, más entero, más presente que cualquiera de nosotros. No hay una lección ahí, o por lo menos yo no fui capaz de extraerla en su momento. Lo que sí había era una incomodidad, la sospecha de que Michael sabía algo que nosotros habíamos olvidado o que nunca habíamos aprendido, y que ninguna cámara iba a poder traducir del todo.
Volví al material once años después, ya viviendo en Barcelona, ya con otra vida encima, y me di cuenta de que la película había envejecido de una manera curiosa. En 2013, las pantallas todavía no se nos habían metido en el cuerpo como ahora. La gente hablaba de internet como de algo un poco distante. Los niños y adolescentes de Guateque vivían en el campo sin que eso fuera una declaración política. Volver a ver esas imágenes hoy es ver un mundo que todavía no sabía lo que le iba a pasar, y eso le dio al documental un peso que no tenía cuando lo estrenamos.
No creo que la película tenga una tesis. No estoy seguro de que lo rural sea más sabio que lo urbano, ni de que la simplicidad sea una virtud en sí misma, ni de que haya que volver a nada. Lo que sí creo es que vale la pena detenerse un rato frente a alguien como Michael (el de aquel entonces) y dejar que la pregunta quede abierta. ¿Qué es ser feliz, qué estamos haciendo con nuestro tiempo, qué cosas de las que tenemos valen lo que pagamos por ellas? La película no contesta. Solo sostiene la mirada un poco más de lo que estamos acostumbrados, y espera.
