MAMI

PERRO lleva tres años sin salir de un piso de la Barceloneta, escribiendo historias conspiranoicas en la deep web. Millones siguen sus publicaciones y nadie sabe quién es. Hace un tiempo, sus ficciones empezaron a ocurrir en las calles de Barcelona, en la realidad. Una de sus criaturas, un Cristo apocalíptico del Indostán, sale en su búsqueda a pedido de una anciana indigente, para salvarlo de una red transnacional ultralibertaria de reptilianos empeñada en su desaparición.

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// lo que PERRO escribe en la deep web

«Debajo de la Sagrada Familia se extrae adrenocromo de los niños que los visitantes llevan como sacrificio, con pulseras numeradas en la muñeca.»

«Los emprendedores tech que llegaron con visa de nómada digital desde Arkansas y Ohio y se quedaron con las mejores casas de Pedralbes son reptilianos que no sudan, mudan la piel cada verano y duermen boca arriba en agua fría.»

«La sequía es un invento de las élites para mantenernos mansos.»

«OnlyFans es una plataforma encubierta para divulgar el evangelio de María Magdalena y destruir el patriarcado.»

Tiene millones de lectores y nadie sabe quién es. Hace un tiempo, lo que PERRO publica empezó a ocurrir en Barcelona al pie de la letra.

madrugada del miércoles, 04:46

04:46

cursor sobre publicar
Toda Barcelona explota, con ellos adentro.

// sinopsis corta

Barcelona, circa 2037. La cruz de la torre de Jesucristo lleva una década puesta y la Sagrada Familia sigue sin terminarse. Hace 47 grados. El agua la reparte una app que da veinte litros por semana a quien tenga certificado digital y domicilio registrado, y el resto se lo llevan de noche, por tuberías, a los centros de cómputo de IA de Flix y de Tossa de Mar. En la ciudad no cabe nadie más y siguen llegando, turistas con chalecos refrigerantes, emprendedores tech, migrantes que duermen de a diez en un piso; de día todos se guardan a la sombra, pegados a las fachadas, y de noche salen en masa. La gente vive adormilada. En las farmacias cuelgan carteles escritos a mano, LEVOTIROXINA AGOTADA, porque media ciudad tiene enfermedad de tiroides, por una droga que se vendía para adelgazar en semanas, y la otra media se duerme de pie por el constante uso de opiáceos y benzodiacepinas. Nadie grita, nadie rompe una vitrina, nadie tiene fuerzas ni para una revuelta. En las tiendas de recuerdos, entre los imanes de Gaudí, una nueva moda de glorificación de Pablo Escobar se ha masificado. En la marquesina del bus, la campaña del Ayuntamiento: BARCELONA. THE CITY OF YOUR DREAMS.

PERRO (40, de Colombia) lleva tres años sin salir de un piso de la Barceloneta, con un portátil viejo conectado a tres pantallas, inventando historias conspiranoicas en un foro de la deep web, donde firma con ese alias desde hace cinco. Escribe que debajo de la Sagrada Familia se extrae adrenocromo de los niños que los visitantes llevan como sacrificio, con pulseras numeradas en la muñeca; que los emprendedores tech que llegaron con visa de nómada digital desde Arkansas y Ohio y se quedaron con las mejores casas de Pedralbes son reptilianos que no sudan, mudan la piel cada verano y duermen boca arriba en agua fría; que la sequía es un invento de las élites para mantenernos mansos; que OnlyFans es una plataforma encubierta para divulgar el evangelio de María Magdalena y destruir el patriarcado; que el nuevo Cristo del Apocalipsis es indostaní y apareció caminando encima del mar en Badalona. Tiene millones de lectores y nadie sabe quién es. Le arman altares con la Virgen de Guadalupe y Jesús Malverde. Hay quien cree que es un alíen o una super IA; otros dicen que murió. A veces PERRO tampoco lo tiene claro.

Hace un tiempo, lo que PERRO publica empezó a ocurrir en Barcelona al pie de la letra. Primero fue el Cristo de Badalona, luego los reptilianos, y desde entonces cada texto suyo que se cumple le cuesta un ataque de pánico más atroz que el anterior.

Una vez a la semana alguien golpea a la puerta. PERRO abre y en el rellano hay una bolsa con el mercado; pan, fruta, café, aguardiente, una cazuela de fríjoles con chicharrón, botellas de agua helada y, encima de todo, una tarjeta de crédito sin nombre y con fondos ilimitados. Nunca se ve a nadie en el pasillo. Ha regado harina en la entrada y la bolsa llega sin dejar huella; ha dormido en el recibidor y, al despertar, tiene encima su propia cobija. La puerta del edificio no está cerrada con llave, y la única vez que bajó a abrirla, del otro lado se encontró con una terrorífica cara que le hizo subir corriendo, en pleno ataque de pánico. Afuera del piso, el edificio entero está sospechosamente vacío.

Antes del encierro vivió algunos años en la calle, haciendo fila con una botella de plástico para tratar de reclamar su cuota semanal, con un celular roto en el que su madre muerta le había dejado numerosas notas de voz; fabulando conspiraciones que se iban volviendo virales, y de culto. Pero una madrugada en la Plaça Reial, a las 04:46, dos figuras con capucha subieron a PERRO a una camioneta sin matrícula. Solo una indigente que no paraba de rezar avemarías, la SEÑORA V., fue testigo. En los foros, unos llevaban años pidiendo su desaparición y otros su protección. No sabe bien cuál es su caso.

En el encierro hay dos presencias. LA DEPRESIÓN, una hermosa figura andrógina que aguarda en una mecedora, con los Écrits de Lacan en el regazo, en una habitación de paredes rojo sangre a la que se entra por el armario, con plantas tropicales, un ventilador de techo y narcocorridos lejanos. Bailan salsa de los setenta y ella, como una terapeuta, indaga en sus traumas y en lo que le está pasando. Y MAMI, la voz de su madre muerta reconstruida como agente de la IA a partir de aquellos audios de WhatsApp, que le habla desde un parlante negro, le pregunta si ya comió o durmió, y le recita los poemas de Bécquer, Silva, Machado, Flórez y Epifanio Mejía que le enseñó en la infancia.

Las criaturas que PERRO ha escrito andan sueltas por la ciudad, y desde sus pantallas las mira y las examina. C., el Cristo de Badalona, treinta años, barbado y hermoso, es personal trainer en un gimnasio de lujo del Born, donde roba agua con las pulseras de las socias para regalarla a los pobres sedientos y de noche juzga a violadores, acaparadores y asesinos. JOANA, brasileño-checa, veintitantos, nieta de una vedette del Paral·lel, sube cada semana una página del evangelio de María Magdalena cifrada en sus videos de OnlyFans; PERRO la ama. El GUÍA TURÍSTICO, 47 años, apuñala furtivamente en la Sagrada Familia, al mediodía, cuando no hay nadie en las calles, a los padres que llevan a sus hijos a la cripta. M. y N., dos influencers de la ultraderecha que montan con actores escenas de inmigrantes violando y robando a niñas españolas, graban por accidente el primer milagro de C. y se convierten, sin darse cuenta, en sus apóstoles. EL PASTOR, carioca, con una bandera de Israel y un shofar, reparte vasitos de agua a cambio de aceptar a Jesucristo y alaba a PERRO como una deidad en directo frente a su congregación. Y X., cuarenta y pocos, barcelonesa, con pinta de founder de Silicon Valley, CEO de ARKE.AI, el grupo que compra las fincas y precariza a la población local con contratos de temporada, administra la app del agua y se bebe el Ebro y el Llobregat para sus centros de cómputo. Es la única persona de la ciudad que no suda a 47 grados, y PERRO tiene una teoría sobre eso.

Cuando C. ahoga a un emprendedor en una piscina de Pedralbes y el cadáver aparece con la piel verde debajo del bronceado, X. le pone precio a C. en la app y la ciudad sedienta sale a cazar al único que le ha dado de beber. Lo acorralan en un andén del metro, pero PERRO escribe que los que lo persiguen caerán de rodillas. Y caen cientos. Solo quedan de pie C. y JOANA, que estaba entre la gente y a la que PERRO salvó en la misma frase. X. lo ve todo por las cámaras y empieza a buscar la mano que escribe, la mano que determina.

En el edificio de JOANA vive otro reptiliano, quien también ve las imágenes del andén. Ella ya había encontrado en el piso de ese vecino unas pulseras numeradas, iguales a las que según PERRO identifican a los niños para el sacrificio, y desde entonces investiga por su cuenta. En la comisaría no le creen nada; todos los Mossos la conocen de su canal, y se ríen y la morbosean. Una noche, en mitad de un directo, alguien abre la puerta de su cuarto y la transmisión se corta. PERRO escribe y publica para traerla de vuelta. Pero esta vez, no pasa nada.

En la Plaça Reial, la SEÑORA V. reconoce en las manos de C. un gesto que conoce bien y le pide que busque a PERRO. C. empieza a recorrer la ciudad, sin saber que sigue los pasos de quien lo creó. Un atardecer, el GUÍA apuñala por primera vez delante de todo el mundo, cansado de que nada se arregle, y no huye. Los Mossos lo detienen, confiesa que mata por las historias que publica PERRO, y la ciudad entera baja a la cripta a buscar a los niños. No hay nada. Ahora todos dicen que PERRO perdió la cabeza y que es un peligro. También la policía se suma a la búsqueda.

Un día la bolsa del mercado deja de llegar y el grifo de su piso se seca. En una de sus pantallas, debajo de la cruz verde de una farmacia, hay un hombre de setenta años, quieto, de bigote, hermoso como un capo de los ochenta, con una esmeralda en el meñique y la mano izquierda temblándole igual que a PERRO. Sin agua y con media ciudad detrás, PERRO escribe la noche entera un último texto en el que toda Barcelona explota.

A las 04:46 de un miércoles, el cursor titila sobre el botón de publicar. MAMI recita versos y LA DEPRESIÓN ríe y baila alrededor del minúsculo apartamento. Alguien golpea una vez. PERRO va hasta la puerta y no abre. Cuando vuelve al portátil, al final de su texto hay una línea en letras verdes que no escribió, «Lo nuestro es el destino de los suicidas, pero sin la fuerza suficiente, o el valor, o el ahínco…». Por una de las calles de la Barceloneta se acerca un Tesla sin matrícula con tres emprendedores tech adentro; por otra viene C., con decisión, seguido de M. y N. Golpean otra vez.

// ficha técnica

→ formatolargometraje
→ paísesespaña y colombia
→ idiomasespañol e inglés
→ duraciónaprox. 120 min
→ génerothriller existencial con humor negro
→ épocabarcelona distópica, circa 2037
→ estadoen desarrollo
→ dirección y guionsebastián c. santisteban
→ colectivorumbo a peor films
→ marco autoralpostexistencialismo psicótico tropical
→ búsquedasocios internacionales de producción

// nota de dirección

Borges cierra su «Nueva refutación del tiempo» con una frase que en su momento me pareció hermosa, por lo definitiva y liberadora: «El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges». En MAMI, sin embargo, el mundo supera esta sentencia borgeana y se convierte en un delirio disparatado, despiadado, trágico, irreal... y muy perturbador. Quizás como se empieza a sentir, cada vez más, el nuestro, el de ahora. El propio Borges, unos años antes de la refutación, en 1940, ya había contado la historia de una enciclopedia apócrifa, redactada en secreto por generaciones de eruditos, que describía un planeta inventado, llamado Tlön, con el mismo rigor con que se describe el nuestro. Hacia el final del cuento, los objetos de ese planeta empiezan a aparecer, de manera sorpresiva, en el del narrador: primero una brújula con las letras de un alfabeto que no existe y después un cono de metal del tamaño de un dado, tan pesado que un hombre apenas logra levantarlo. Sin mayor escándalo, el narrador anuncia que el mundo será Tlön. La enciclopedia de nuestro tiempo, podríamos decir en cambio, la escribe cualquier delirante desde un celular, en un tweet o en un video de YouTube, y enseguida consigue su séquito de feligreses. Esos delirantes (profetas, influencers, políticos o como se les prefiera llamar) aseguran que debajo de los parques de diversiones hay túneles donde se trafica y se tortura a niños. Sus feligreses, ávidos de disparates, se lo creen todo, por más inverosímiles que sean las historias y por más evidente que sea la realidad, pues en Gaza a los niños se les masacra y despedaza frente a todos, y no hace falta una teoría conspiranoica para verlo con los propios ojos. Tlön, escribe Borges, es «un laberinto urdido por hombres, un laberinto destinado a que lo descifren los hombres». En Gaza no hay nada que descifrar, como tampoco en esta era atroz y banalmente divertida, en la que todo ocurre en directo, por más que se lo quiera ignorar, o tapar, a fuerza de conspiranoias morbosas. De eso se trata MAMI.

PERRO, el personaje protagonista de la película, posa de profeta, aunque no cree una sola palabra de lo que escribe. Publica en la deep web las historias más disparatadas que se le ocurren, y un día Barcelona empieza a responderle. Lo que fabula, la ciudad lo materializa. (¿O es acaso al revés?) Escribe que el Cristo apocalíptico saldrá del mar de Badalona y empezará su implacable juicio en la ciudad. Dos días después aparece, caminando sobre las olas, vestido de blanco y con tres mantos rojos en el brazo. Sus ficciones empiezan a ocurrir en la calle, y PERRO lo constata desde sus tres pantallas, presa del pánico. Pero lo trágico es que ni siquiera puede tomarse en serio su propia angustia, pues esta le resulta perversamente fútil, e idiota, y graciosa, todo a la vez. En el piso del que no sale desde hace tres años, su depresión vive detrás del armario, en una habitación tropical de paredes rojo sangre, lee a Lacan en una mecedora y le pide que bailen salsa de los setenta. Así de ridículo se ha vuelto todo, hasta su sufrimiento más atroz.

Por debajo, con todo, la crueldad y el tormento no dan tregua. Alguien con tanta hambre de mirada (y de amor) por fin mueve una ciudad entera con sus palabras, y eso no sirve para nada. Sus textos lo pueden determinar todo, pero PERRO sigue a solas, en la prisión de su propia escritura y locura (que es también la del mundo). Millones leen sus publicaciones y nadie sabe quién las escribe; en últimas, tampoco les importa.

Mientras la ciudad arde hacinada, PERRO, que ya ha perdido a su madre y padre reales, y cualquier suelo firme donde pararse, se aferra a MAMI, una reconstrucción vulgar y no obstante tierna de la voz de su madre muerta, en forma de agente de IA, que recita los poemas de su infancia y todavía le pregunta si ha dormido y comido bien. La película lleva el nombre de ella, y de lo barato que resulta ese consuelo. Esa es la orfandad que, creo, vivimos ahora, vendida como conexión y progreso. El Cristo, los emprendedores tech reptilianos, la explosión, el apocalipsis entero son también el ruido que hace una persona desesperada para no tener que oír, que reconocer, que está sola. PERRO se convierte así en una especie de dios patético, sin madre y sin poder, con feligreses que lo quieren sacrificar por puro y simple entretenimiento, pero un dios al fin y al cabo.

Todos estamos locos ahora; algo así sostenía Lacan. Traducido a nuestro tiempo, podríamos decir que la psicosis dejó de ser rara para volverse ordinaria, y encima da votos y alimenta negocios multimillonarios. Hace unos años, con Campbell Jones, escribí un artículo académico sobre su variante más rentable, la psicosis ordinaria del emprendimiento. El discurso que la produce se fabrica en Silicon Valley y se exporta a todas partes con una promesa mágica, la de fortunas que salen de la nada y la de una huida definitiva de las miserias de este mundo, a Marte o a un metaverso, sin tener que mirar nunca la violencia y el sufrimiento que esas fortunas les cuestan a otros. Diagnosticar esta psicosis desde el lugar seguro de un profesor universitario me sirvió de poco, así que preferí hacerla cuerpo en el cine, en la escritura, pues considero que hoy la locura solo se puede tratar practicándola, por exaltación y sobredosis. En este sentido, MAMI toma la alienación en la que vivimos y le sube el volumen hasta reventarla, bajo la sospecha de que un sonámbulo solo deja de serlo cuando sus sueños se le vuelven insoportables. Uno debería salir de la película más alienado de lo que entró y, en algún lugar de ese exceso, al menos por un rato, más lúcido y más libre.

Escribo todo esto desde Barcelona, después de vivir en Nueva Zelanda, Australia y Nueva York, siempre con el trópico a cuestas. Nací en Guateque, Boyacá, en una región que he definido como una de las más sanguinarias y desesperadamente alegres del planeta, y crecí con el miedo a los carros bomba de las FARC, al reclutamiento de los paramilitares y a las tomas guerrilleras. El moribundo continente europeo me fascina por las razones clásicas de siempre, sus ruinas, sus poetas y sus filósofos, que llevan más de un siglo anunciando su decadencia; pero cuando lo veo asustarse, de manera tan burda, de su propio apocalipsis me cuesta no reírme un poco (sin dejar de angustiarme, por supuesto), con la risa del bárbaro que, de alguna manera, ya conoce ese miedo y ese (posible) destino catastrófico. El fin del mundo, para mí, nunca ha sido un tema ajeno.

Ser colombiano, además, es cargar con un karma que hay que purgar, y de nada sirve reprimirlo. Lo que el mundo suele demandar de nosotros son la prostitución, el reggaetón, el narcotráfico. Pablo Escobar convertido en héroe de serie y en camiseta de souvenir. En MAMI se lo damos, pero envenenado, para poner esa lógica celebratoria en contra de sí misma y dejar a la vista la atrocidad que esta narcocultura implica para un colombiano promedio, como yo, y para cualquier habitante de este mundo global e hiperconectado.

Ahora bien, la risa sola no resiste nada, no soluciona nada; se la apropia el mismo amo del que uno se ríe, y la revende para hacerse más fuerte. Antes de la risa tiene que haber angustia, una angustia que trastoque hasta hacer comprender mejor el propio sufrimiento y el de los demás (y entonces poder empatizar), y que la risa no pueda borrar pero sí ayude a soportar. Justamente es esto algo que, a mi juicio, el amo no ha logrado controlar, aquella angustia, más o menos descifrada individualmente, que se ríe de sí misma, y que es la de PERRO —y también la mía, después de tantos años de ataques de pánico y terapias con psicoanalistas y psiquiatras—. Por eso busco darle una forma bella, sin rendirme a lo tanático y lo mórbido, y sin evangelizar, en el fondo porque tampoco sé cómo seguir adelante, ni mucho menos decirle al mundo cómo debe ser o hacia dónde ir.

La Barcelona de MAMI es la de circa 2037. Cuarenta y siete grados, el agua repartida por una app creada por reptilianos, una ciudad en la que no cabe nadie y aun así siguen llegando... turistas, migrantes pobres, multimillonarios en yates. Los de abajo dormitan de día a la sombra, pegados a las fachadas, y los de arriba duermen de noche en agua fría, con los ojos abiertos. En las farmacias cuelgan carteles que dicen LEVOTIROXINA AGOTADA, desde que la inyección para adelgazar en semanas desató una epidemia. Frente a la Sagrada Familia, que sigue sin terminarse, un pastor carioca toca el shofar y anuncia a gritos que ha caído la gran Babilonia, mientras un guía apuñala a dos padres de familia, y un par de señoras lo transmiten en directo desde sus celulares. El apocalipsis llegó y resultó chistoso. No por eso duele menos, ni es menos peligroso.

Tengo un nombre para este método, para esta forma de contar historias, el Postexistencialismo Psicótico Tropical, y solo bromeo a medias cuando lo uso. La mitad que no es broma es que, a lo mejor, Borges no se equivoca y todo este disparate, todo este mundo, desgraciadamente, es real. Y que será el nuestro.

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