Archivos fílmicos recuperados exploran los sueños y fantasías de los estudiantes de un colegio en la provincia de Colombia en el año 2013 antes de la masificación de las redes sociales, los influencers y la electricidad.

Como cineasta, siempre me ha fascinado explorar las historias que surgen de la intersección entre el tiempo, la memoria y el lugar. Este documental nació a partir de un redescubrimiento de archivo, un viaje de regreso al año 2013, cuando siendo aún jóvenes documentalistas, nos aventuramos a filmar un proyecto en Guateque, Colombia, para documentar los sueños y aspiraciones de los estudiantes de un colegio. Revisitar este material once años después ha sido una experiencia profundamente transformadora, tanto personal como artísticamente.
En 2013, estos estudiantes navegaban un mundo al borde de una transformación tecnológica, donde la conectividad digital apenas comenzaba a infiltrarse en el ritmo de la vida cotidiana. Sus palabras y perspectivas capturaron un momento efímero en el tiempo, antes de que la influencia abrumadora de las pantallas y las redes sociales se convirtiera en un rasgo definitorio de nuestra cultura contemporánea. Para mí, este proyecto no trata solo de mirar atrás; se trata de sostener un espejo frente a nuestro presente y plantear preguntas urgentes sobre cómo definimos la felicidad y la realización en un mundo cada vez más tecnológico.
En el corazón de esta película está la historia de Michael, un niño que encarna la belleza de la sencillez. Su vida, desprovista de las comodidades actuales, irradia una felicidad pura y contagiosa. La historia de Michael me desafió a reflexionar sobre mis propios valores y suposiciones acerca de lo que significa llevar una vida significativa. Su presencia en la pantalla es un poderoso recordatorio de que la alegría a menudo se encuentra en lo despojado, en los vínculos que creamos y en los momentos que compartimos.
Este documental también es una meditación sobre los contrastes entre las experiencias urbanas y rurales, entre las exigencias aceleradas de la vida en la ciudad y la resiliencia tranquila del campo. Al yuxtaponer estas realidades, espero abrir un espacio para la reflexión: sobre lo que ganamos, pero también sobre lo que perdemos, al priorizar el progreso y la tecnología por encima de la sencillez y el vínculo humano.
En última instancia, esta película es una invitación. Invita a los espectadores a detenerse, reflexionar y cuestionar. Nos reta a repensar nuestras definiciones de felicidad y a reconectar con aquello que realmente importa: nuestras relaciones, nuestras comunidades y nuestra capacidad para encontrar significado en los pequeños e inadvertidos momentos de la vida cotidiana.
Como director, mi esperanza es que este documental genere conversaciones: sobre la tecnología, sobre los valores y sobre el tipo de futuro que queremos construir. Pero, más allá de eso, espero que inspire a los espectadores a abrazar la alegría de lo simple y a encontrar belleza en las historias de aquellos, como Michael, que nos recuerdan el poder de una experiencia de vida menos tecnológica y más humana.